Otredad y racismo: el ejército suriano en la Ciudad de México en 1855, por Casimiro Castro

Otherness and Racism: The Southern Army in Mexico City in 1855, by Casimiro Castro

Helia Emma Bonilla Reyna
Dirección de Estudios Históricos, Instituto Nacional de Antropología e Historia, México
Recepción: 26/06/2025 Aceptado: 10/10/2025
Publicado: 11/11/2025

 

RESUMEN:En este artículo se analiza la forma en que Casimiro Castro retrató al controvertido ejército del estado de Guerrero que ocupó la Ciudad de México a fines de 1855. El análisis de su excepcional imagen, titulada «Trajes mexicanos. Soldados del sur», se lleva a cabo contraponiéndola con el complejo contexto histórico, con otras imágenes de la época y con las opiniones sobre dicho arribo, visto con horror por una parte de la elite política y social preminentemente criolla y opuesta a que se pusieran al frente de México un líder y mandos militares indígenas y afrodescendientes, de origen social inferior. Los señalamientos sobre lo que dicha elite consideró el aspecto desagradable del ejército suriano y su inadecuada conducta en el espacio urbano capitalino revelan posicionamientos no solo de clase, sino también de raza y género, que en su momento sirvieron para objetar y debilitar la posición de los liberales radicales, quienes impulsaron la participación política y la movilización de los sectores populares.

PALABRAS CLAVE: racismo, afrodescendencia, fuerzas armadas, litografía, representación visual.

ABSTRACT: This article analyzes how Casimiro Castro portrayed the controversial army from the state of Guerrero that occupied Mexico City in late 1855. The study of his exceptional image, entitled «Mexican Costumes: Soldiers of the South», is conducted by contrasting it with the complex historical context, other contemporary images, and the opinions about its arrival, an event viewed with horror by part of the predominantly Creole political and social elite, who opposed the idea of Mexico being led by an Indigenous and Afro-descendant military leadership of lower social origin. The remarks about what this elite considered the unpleasant appearance of the southern army and its inappropriate behavior in the capital’s urban space reveal attitudes not only of class but also of race and gender, which at the time served to question and weaken the position of the radical liberals who promoted the political participation and mobilization of the popular sectors.

KEY WORDS: racism, African descent, armed forces, lithography, visual representation.

 

Introducción

En este texto se analiza la forma en que Casimiro Castro, conocido dibujante y litógrafo,1 retrató al controvertido ejército del estado de Guerrero que, liderado por Juan Álvarez, tras el triunfo de la revolución de Ayutla ocupó la Ciudad de México a fines de 1855, suscitando con su presencia una diversidad de reacciones y posicionamientos políticos y sociales relacionados con cuestiones de clase, raza y género. Su litografía, excepcional representación visual de dicho cuerpo —solo hay otro testimonio pictórico, que se citará más adelante—, se titula «Trajes mexicanos. Soldados del sur» (véase figura 1), y fue incluida en la primera edición del álbum México y sus alrededores (Decaen, 1855-1856).2

Por lo que se refiere a este conocido álbum, con imágenes litográficas de la Ciudad de México y sus habitantes, en el lapso comprendido entre 1855 y 1869, cuando se publicaron sus sucesivas ediciones, culminó y se resolvió la confrontación entre liberales y conservadores. Por ser la capital sede del poder nacional y de la infraestructura de gobierno, el interés por su control político la convirtió en un territorio en disputa, por lo que pasó alternadamente de manos de unos a otros y quedó, incluso, bajo el dominio del ejército francés. Por ello no extraña que, a pesar de su visión idealizada, congruente con su vocación amena y comercial, se cuelen en el álbum resonancias de las crisis en un contexto político y social convulso, el cual transitó por una cruenta guerra civil y por la traumática intervención francesa.

Nada se sabe del pensamiento del principal dibujante que las ejecutó,3 y no existen declaraciones explícitas del editor, el francés José Decaen,4 ni tampoco se descubre una línea editorial monolítica en el propio álbum que permita leer en él una toma de partido clara en un ambiente de radicalización política. Asimismo, las litografías en general no reflejan las críticas que los textos emiten, provenientes de las miradas y voces múltiples de quienes los escribieron.5 Es el contraste de las imágenes del álbum con estas voces, y con las del complejo contexto social y político, lo que permite atisbar en la forma en que Casimiro Castro,6 y quizá el editor a través de este, sortearon la representación visual de coyunturas que alteraron la vida y el espacio de la capital, como revelará justamente el análisis de «Trajes mexicanos. Soldados del sur» (véase figura 1).

En efecto, lo que permite acercarse a la significación o significaciones que tuvo esta imagen en su momento, o incluso un poco después, es su contraposición con: lo que expresaron distintos actores políticos y sociales de la época en la prensa, al cobijo de la privacidad o en obras historiográficas más tardías y nada desinteresadas, que abominaron o simpatizaron con la presencia de los soldados del sur en la capital, y de sus consecuencias en el uso de un espacio urbano no preparado para albergarlos; con un contexto histórico muy complejo y de más larga data que pone a la vista un enfrentamiento interétnico y una relación tensa por décadas entre comunidades rurales y propietarios, en la que los personajes representados en la imagen o sus predecesores tuvieron parte directa; con otros testimonios visuales, porque ello pone a la vista las estrategias artísticas que utilizó Casimiro Castro para mostrar o invisibilizar ciertos aspectos de aquellos a quienes representó. El rastreo y análisis de este conjunto de circunstancias y testimonios en fuentes primarias, y la reflexión sobre estudios historiográficos recientes en que se ha apoyado este trabajo, permiten observar cómo este importante litógrafo mexicano del siglo XIX construyó su propia versión, que además se convirtió en un referente para otros artistas igualmente importantes.

Si bien en las últimas décadas ha aumentado el interés en el estudio de la producción gráfica en México del siglo XIX, son pocos los trabajos que indagan más allá de lo iconográfico o político, para aventurarse en la exploración de las significaciones sociales de las imágenes y de lo que estas pueden aportar.7 En última instancia, ese es el objetivo de este trabajo.

 

En la Ciudad de México: de la cordial bienvenida al abierto rechazo

Tras una serie de transacciones entre distintos actores políticos, especialmente liberales puros y liberales moderados, que se organizaron contra el último gobierno de sesgo conservador y dictatorial de Antonio López de Santa Anna, fue elegido presidente interino Juan Álvarez, caudillo y cacique del estado de Guerrero, quien fue uno de los primeros que se pronunciaron con el Plan de Ayutla (González Navarro, 1972). Álvarez inició su gestión en Cuernavaca entre las desavenencias de un gabinete conformado por las dos facciones liberales, y con la animadversión del clero, el ejército y la elite social. Reticente a trasladarse a la Ciudad de México, supuestamente porque su clima o modo de vida no le acomodaban, al final Álvarez tuvo que hacerlo porque ahí estaban las oficinas de la administración pública, y lo hizo acompañado de las fuerzas armadas que lo apoyaban.8 Estas estaban compuestas en su mayoría por fuerzas irregulares a las que Álvarez denominó cuerpos auxiliares —organizadas por particulares y conformadas en general por campesinos y algunas unidades de caballería— que se integraron vía la Guardia Nacional, la cual fue parte del ejército constituido por el caudillo guerrerense, junto con miembros del ejército permanente y de la milicia activa, es decir, sus hombres provenían de las tres instituciones militares que operaban en ese momento, al igual que ocurría en el ejército santannista, por cierto (Celis y Rodríguez, 2023: 93 y 94).9

A su llegada, él y las fuerzas que lo apoyaban fueron aclamados por la prensa liberal, que reseñó su entrada pacífica a la capital el 15 de noviembre de 1855 y el recibimiento jubiloso que les habría dado el pueblo, vitoreándolos, según dijo, entre apenas algunos rostros sombríos.10 Celebrado con el consabido ceremonial cívico y religioso de bienvenida, se adornaron y regaron «las calles [… hubo] un inmenso gentío, á pie, en coche ó a caballo […] desde la plaza de armas hasta […] la garita de la Piedad», e hicieron valla niños de las escuelas de Beneficencia y miembros de los clubes liberales.11 En la noche se iluminaron las calles, y «la mayor parte» de las casas de los ingleses, franceses y sardos se engalanaron con cortinas, «faroles y vasos de colores».12

La brigada que entró con Álvarez a la capital estaba compuesta por 1 300 hombres de las fuerzas de Jesús Villalva, de Mezcala e Iguala, y de Cesario Ramos y Juan B. Berdeja, de Acapulco y la Costa Grande (Strobel, 2024: 138-139), además del cuerpo de zapadores del ejército de línea, poco antes santannista (Zamacois, 1888: 116).13 A la particularmente polémica sección de Villalva, al parecer la única mencionada y descrita en las reseñas del recibimiento,14 pertenecían, si no todos, varios de los soldados representados en la litografía de Castro, como se verá adelante. Dirigida todavía en 1854 por Jesús y su padre, el líder campesino Faustino Villalba, esta facción había sido, entre las que operaron mediante guerrillas, la que más había hecho daño a Santa Anna luego de que este salió de Chilpancingo para reprimir a los insurrectos (Strobel, 2024: 79).15 La prensa liberal calificó como «conmovedor el espectáculo que presentaban [… aquellos] hombres medio desnudos», a los que comparó con los vencedores de Valmy —tras cuyo triunfo se abolió la monarquía en Francia en 1792— y con los insurgentes mexicanos, de los que dijo: «También […] venían casi desnudos [… y] traían los rostros tostados por el sol de las batallas; también […] habían conquistado la libertad!».16

Esta fue la reacción inicial de un sector acotado del espectro político. Algún periódico conservador, por prudencia, en un ambiente de polarización política y social, solo reprodujo lo dicho por la prensa adepta sobre la entrada de Álvarez y su tropa a la capital.17 En realidad, el hecho despertó el escándalo y la intolerancia de la elite capitalina —afín a sus pares hispanoamericanas en su actitud respecto de las poblaciones indígenas y afrodescendientes— y de algún funcionario extranjero (García Cantú, 1965: 391-392; Villegas Revueltas, 2021: 142). Lo mencionado en estos periódicos exhibe crudamente la forma de conceptualizar la otredad desde una mirada racista y desconfiada, social y económicamente privilegiada. En efecto, quienes, desde una postura conservadora o liberal moderada, en aquel tiempo mencionaron el suceso en su correspondencia personal, o años después en sus memorias o en textos historiográficos, fueron despectivos y, desde luego, silenciaron el amistoso recibimiento del que fueron objeto los surianos.18

Les incomodó su pobreza, suciedad, incultura, improvisación militar, y hasta su aspecto físico, que en muchos evidenciaba la afrodescendencia o la afectación de su piel por el mal del pinto, una enfermedad que dio lugar a que se les apodara justamente como «los pintos». Pero, sobre todo, lo que molestó fue que un líder, con sus seguidores campesinos de sangre negra e indígena, pretendiera ponerse a la cabeza de una elite blanca que ponderaba su herencia europea y que cuestionaba la legitimidad de aquellos para liderar, lo mismo que su derecho a la autonomía, y hasta su carácter racional. Además del rechazo y el miedo que de por sí generaban los sectores populares, de trasfondo se encontraba una relación de confrontaciones y agravios de larga data entre los intereses de los propietarios españoles en México y los de la población campesina del sur, de lo que se hablará más adelante.

Aunque con contención, el disgusto se plasmó en el propio texto que en México y sus alrededores acompañó a la lámina de Casimiro Castro, redactado por el escritor Niceto de Zamacois (1855-1856),19 precisamente español, quien décadas más tarde, de manera más abierta, repitió y amplió lo dicho en su historia de México. En esa ocasión, Zamacois (1888: 113) matizó la versión de la prensa liberal: el recibimiento que se hizo a los surianos no fue espontáneo, pues el gobierno de la capital ordenó que se celebrara con tres días de regocijos públicos, siendo la curiosidad, no la afinidad ideológica o el agradecimiento, lo que hizo que «el pueblo» se aglomerara para ver entrar al presidente interino y a su ejército, compuesto en su mayoría de pintos, que por su aspecto captaron la atención de la «culta capital» que por primera vez los veía.

Zamacois dijo que los surianos estaban llenos de «manchas amarillas, negras, rojas, azules, blancas y verdes, que les [… daban] un aspecto repugnante», eran de toscas facciones y áspero cabello; que abundaban entre ellos los negros y el «color prieto» y cetrino, producto de la mezcla de la raza indígena y la africana introducida por los conquistadores (Zamacois, 1855-1856: 28). Solo se distinguían de sus paisanos por el fusil, y su desaseo era más ostensible junto a «los excelentes uniformes […del] cuerpo de zapadores del ejército nacional, que […] adherido, como todo el ejército de línea, al plan de Ayutla después de la marcha de Santa-Anna […] entró acompañando a D. Juan Álvarez» (Zamacois, 1888: 12-113, 115-116).

Por su parte, el diplomático francés Alexis de Gabriac expresó en su comunicación epistolar su repulsión, y también la de los capitalinos acomodados, y afirmó además que su presencia era responsabilidad de posturas radicales —se refería a los puros muy posiblemente—:

Acompañado de sus pintos, Álvarez hizo el jueves 15 su entrada a [la Ciudad de] México ¡Qué espectáculo! […] Si los del norte son espantosos a los ojos de un europeo, los del Estado de Guerrero son repulsivos. Aparecieron vestidos con trajes que atestiguaban la miseria del tesoro y la indisciplina del ejército. A los lados de la formación de la columna, se veía a las mujeres, a caballo, llevando en la misma canasta hijos, harapos, maíz, pimienta, ajo, cebollas y frutas. La caballería ofrecía un aspecto aún más miserable por la enorme variedad de trajes, sin contar la impedimenta de los caballos. Esta entrada, muy tranquila, constituye la afrenta más sangrienta infligida por la revolución radical al orgullo de las gentes decentes de la capital. ¡Habría que escuchar los lamentos de los capitalinos ante la invasión de esta horda de salvajes [… y] oírlos confesar su ruina […]! (Díaz, 1963: 226).

Para 1861, en la antesala de la intervención tripartita a México, José G. Arboleya, español radicado en Cuba —de quien la prensa liberal dijo que había sido pagado «para halagar las pasiones de su pueblo» y que vertía los juicios más absurdos sobre los mexicanos y su gobierno constitucional20—, evocó el suceso, informado quizá por algún residente interesado en promover los reclamos españoles o legitimar la intervención.21 Silenciando la importancia o siquiera la existencia de la mayoría india o mestiza, y reconociendo solo a una minoría favorecida y blanca, afirmó que el «pueblo ilustrado de la capital» contempló «con estupor y sobresalto la entrada triunfal del caudillo indio que […] iba á regir á los descendientes de Hernan Cortés», y miró «con repugnancia el extraño traje y torva fisonomía de los pintos que componían su escolta y gendarmería semisalvaje […]» (Arboleya, 1861: 179-180).

Después, en 1872, el historiador conservador Francisco de Paula y Arrangoiz, criollo de alta posición social, colaborador de Santa Anna y Maximiliano, se refirió asimismo a los soldados de Álvarez como mulatos y pintos con manchas en la piel, y al recordar su entrada a la capital afirmó: de «asqueroso aspecto, muchos de ellos con más figura que de seres racionales, de monos; sucios generalmente, con oficiales de su misma raza; pueblo salvaje, muy poco numeroso felizmente, y era, sin embargo, uno de los elementos principales para dar libertad a Méjico» (Paula y Arrangoiz, 1872: 313, 343 y 346). Estaba implícito en sus palabras que era una insolencia que pretendieran ponerse al frente del país y ocupar cargos de mando, trastocando su rol de subordinación

 

Sus «salvajes e incivilizadas» costumbres

Pronto se desató una cascada de acusaciones contra los surianos en la prensa liberal moderada que inicialmente los elogió y que, en un giro de opinión —posiblemente con la intención de debilitar la posición de los liberales radicales y de Álvarez, y removerlo de la presidencia22—, refirió prolijamente sus excesos y desmanes. Sobre estos, y su supuesto uso incivilizado del espacio urbano, años después testigos socialmente acomodados refrendaron las críticas:

…tomaron cuarteles en los lugares céntricos de la ciudad y los infestaron al grado de no poder transitar […] los habitantes de la populosa ciudad, que por la falta de policía23 estaban muy disgustados […] (Rivera y Cambas, 1873: 481).

…adonde les cogía el sueño allí se echaban a dormir […] (Lombardo de Miramón, 1989: 73).

…ultrajaban a la sociedad [… al] hacer sus necesidades corporales públicamente, y con particularidad en los atrios de los templos […] (García Cubas, 1894: 89, en Bushnell, 2010: 246).

Acostumbrados al clima abrasador del Sur, el fresco de México en noviembre empezó […] á llenar de enfermos los cuarteles [… lo que] unido á la suciedad [… los convirtió] en pocos días en focos de inmundicia, de los cuales podia resultar una peste para la poblacion […] (Zamacois, 1888: 116).

La prensa afirmó que las señoras no podían caminar por las aceras porque ahí cocinaban un número considerable de mujeres,24 o porque ensuciaban «sus vestidos, con orines y otras […] inmundicias», y que de noche los transeúntes, frente a los cuarteles, tenían que bajarse al empedrado porque en las aceras, ahora habitación de los soldados y sus mujeres, se suscitaban escenas que ofendían la moral.25 En relación con esto, más tarde el citado Arboleya, ponderando la herencia cultural hispana frente a la inmoralidad de ese ejército nativo, arguyó abiertamente que el «pueblo ilustrado de la capital» atestiguó «en la plaza Mayor, aquella plaza espléndida y monumental, decorada un tiempo con la estátua ecuestre del gran Carlos III [sic, Carlos IV]», ofensivas escenas de consumación sexual a plena luz del día protagonizadas supuestamente por los pintos, guardias de Álvarez, «hartos de pulque» y alguna «mujerzuela de las que callejean en México» que, entre «ronca gritería», hacían palidecer las escenas «crapulosas» de los soldados norteamericanos de años atrás (Arboleya, 1861: 179-180).

Aún más, los pintos habrían causado desasosiego entre las capitalinas, según escribió el francés Gabriac al calor de los sucesos:

Atropellan a las mujeres y las roban a sus maridos; apuñalan a los hombres que las defienden y […], después de repartir machetazos, se van a beber aguardiente […]. Allí se niegan a pagar diciendo que son los soldados restauradores de la libertad de la patria. Anteayer en la plaza mayor de México, dos de estos salvajes quisieron cierto objeto en el almacén de una mujer y […] se lo llevaron. La vendedora gritó […]: salió su marido […]; uno […] con toda calma le abrió el vientre […y] continuó apaciblemente […] rumbo al palacio, después de haber limpiado su machete en la camisa. Nadie se atrevió a detenerlo. Las mujeres de sociedad no se aventuran a salir (Díaz, 1963: 228).

Donde la crispación de la prensa alcanzó un punto álgido fue justamente en relación con la confrontación sangrienta con la clase baja de la capital. El Pensamiento Nacional, sumándose a la campaña, llamó a las tropas de Álvarez «hordas surianas», y señaló que se podía pasar por alto la multitud de robos que cometían en las calles de la Ciudad de México con tal de que no hubiese otro daño, pero que era necesario castigar la violencia que cometían a diario, para que no corriera «en el mundo civilizado la noticia de que los soldados del ejército vencedor de la tiranía obraban en una capital ilustrada, á la vista […] del gobierno, con […] barbarie y desenfreno», pues «poco dóciles al yugo militar y mas propensos á servirse de su machete, que á respetar las leyes y el decoro público» ofendían, reñían y asesinaban al pueblo bajo de la capital.26

Resulta interesante observar las supuestas causas de la confrontación. En el propio álbum, Zamacois (1855-1856: 28) explicó que la falta de disciplina y uniforme de los surianos inspiró antipatía, y que dado el carácter pendenciero y bravucón de la clase baja de la capital y de los surianos, pronto se confrontaron con piedras y machetes entre sí, lo que causó desgracias y consternación. Pero El Ómnibus señaló otras causas, como la diferencia cultural y étnica:

…el pueblo bajo de esta capital, movido por una emulación grosera, y […] una antipatía resultante de la indiferencia [sic, diferencia] de raza, de costumbre y hasta de aspecto, profesa el odio más enconado a […] las tropas del Sur, odio que estos no dejan de pagar con creces teniendo […] la ventaja de estar armados y la arrogancia de pasar como libertadores. De semejante pugna de sentimientos resulta una porción de ataques […], cuyo resultado suele ser sangriento y cuya frecuencia va aumentandose en la más escandalosa progresion.27

En todo caso, no hay duda de que las críticas tuvieron un sesgo, lo que se evidencia en que los comentarios negativos sobre la conducta inapropiada de los soldados surianos no fueron excepcionales, pues en ellos no solo se vertían los prejuicios existentes hacia los sectores populares, sino en particular los que, a lo largo del siglo XIX, denostaron comportamientos semejantes de individuos pertenecientes a las fuerzas armadas o de seguridad de diversas instituciones, incluido el ejército permanente, en el que muchos de sus miembros de rango inferior eran reclutados por la fuerza, a veces entre hombres indisciplinados considerados «vagos, ociosos y mal entretenidos […] infractores y delicuentes menores», quienes protagonizaban desde deserciones, hasta alborotos, borracheras, peleas o insubordinaciones, a veces fatales o sangrientas, y distintos tipos de abuso, incluido el económico y el sexual, frecuentemente instigados por el alcohol, pero también por la pobreza, la falta de educación, o incluso la debilidad institucional que los obligaba a vivir en la precariedad, la suciedad, el hacinamiento y mal vestidos (Ceja, 2022, 2023). Al respecto, es muy ilustrativa una nota publicada en el periódico El Siglo Diez y Nueve una semana antes del arribo de Álvarez y sus soldados del sur, que muestra que la situación no era del todo distinta antes que después:

La casualidad nos ha hecho ser testigos de un cuadro de horror, al entrar en la mañana de hoy en el cuartel de S. Francisco: hemos visto hacinados unos sobre otros á los infelices soldados que en él se hallan acuartelados hasta el estremo de dormir más de setenta hombres en piezas sin ventilacion, hediondas y de diez varas cuadradas, en las que no hay sitio ni siquiera para los fusiles […] sin camas ni petates, y aún sin lugares comunes, resultando […] inconvenientes y peligros que está por demas espresar.

En el pequeño patio del cuartel, no cabe siquiera una compañía, y está aquello convertido en un hediondo muladar. No queremos describir todo lo repugnante de tal sitio, por no horrorizar á nuestros lectores.

Escitamos á las autoridades para que, por humanidad, remedien todos los sufrimientos de esos desgraciados soldados.

En frente del cuartel están acampadas en barracas formadas de sábanas y harapos, una tribu de mujeres, en un estado espantoso de miseria y desnudez.

Debe debiera igualmente ecsigirse a los padres de San Francisco diesen asilo á estas infelices. Esta seria una verdadera obra de caridad.28

 

La previa campaña de odio y miedo

Tras la profusión de acusaciones de los periódicos moderados y conservadores se estaba reforzando un temor alimentado desde tiempo atrás: que los surianos, instalados ahora en el corazón de la Ciudad de México, pudieran atentar contra las vidas y propiedades de los sectores acomodados, y en particular de la población blanca capitalina. Así lo expresó inequívocamente en sus cartas Gabriac, quien creía ver en los desórdenes los prolegómenos de una guerra civil con un cariz racial, y desde una mirada colonialista, sin ambages afirmó: «la población blanca se debilita numéricamente día a día; en tanto que la raza india, aleccionada por los radicales, empieza a comprender su importancia y su superioridad, y a querer trabajar para sí misma» (Díaz, 1963: 228).

De hecho, la confrontación de la elite económica y política criolla con el sur y sus dirigentes era histórica, y concebida efectivamente en términos raciales, pues desde tiempos de la insurgencia los líderes de la Tierra Caliente del Pacífico, ante el malestar social, movilizaron contingentes populares de origen étnico mixto, en los que se encontraban personas que descendían de esclavos africanos traídos a América en los siglos XVII y XVIII e indígenas campesinos (Ballesteros, 2010: 109-117). De esta confrontación da cuenta el polémico juicio y la ejecución del expresidente Vicente Guerrero en 1831, así como el tono xenófobo con el que políticos y hacendados se refirieron a lo largo del tiempo a él, a otros líderes sureños y a aquellos a quienes encabezaban. En 1829, por ejemplo, el historiador y político Carlos María de Bustamante, a pesar de haber sido cercano a José María Morelos, también afrodescendiente, al referirse a la solicitud hecha por Juan Álvarez de dinero para su tropa, afirmó: «¿quién creería que unos negros despreciables del sur, que ni figura tienen de hombres, vendrían un día a imponer al gobierno de México y a formidar a esta ciudad [la Ciudad de México]?» (Ballesteros, 2010: 135).

Desde la década de 1840 Álvarez se involucró de manera ambivalente y polémica en levantamientos y disputas por la tierra que enfrentaron a grupos de desposeídos con hacendados o terratenientes, en lo que se percibía como un conflicto entre clases e interracial. Al respecto, en 1845 el general Nicolás Bravo afirmó que la guerra del sur tenía por objetivo «la devastación de la raza europea de que se compone la parte pensadora de la nación» (González Navarro, 1976: 77). Para principios de 1854, en el periodo próximo a la publicación de la litografía de Castro objeto de este estudio, las tensiones se exacerbaron en el plano social y en la opinión pública a partir de que Álvarez se pronunció contra el gobierno santannista e impulsó el Plan de Ayutla con otros surianos.

El periódico conservador El Universal, instigando el miedo y evocando los horrores de la revolución que encabezaba, en 1854 le dedicó a Álvarez una campaña de desprestigio; lo llamó «pantera» y «antropófago» del sur, y lo retrató como un personaje infernal, violador y hasta parricida,29 promotor de la anarquía y de una sangrienta guerra de castas (MacGowan, 1978: 35-41 y 62). Fuese porque la prensa y la documentación oficial exageraron o porque efectivamente se entretejieron, hubo frecuentes noticias que relacionaron el bandolerismo, la violencia y el pillaje con la protesta social en contra de usurpaciones y despojos de los hacendados hacia comunidades indígenas. Defendidas estas por Álvarez, sus hombres se involucraron en las pugnas y tomaron poblaciones en el estado de Morelos, dirigidos eventualmente por algún pinto, mientras lanzaban vivas a la virgen de Guadalupe, al propio Álvarez y a Villalva (Barreto Zamudio, 2019: 153, 164 y 254).30

Para 1855 la prensa de España acrecentó el desasosiego al informar que, en Cuernavaca, al triunfo de la revolución de Ayutla, mientras las tropas santannistas huían y mientras los liberales descontentos atizaban la discordia, los pintos junto con indios de la localidad y entornos se lanzaron contra las autoridades, saquearon comercios y cometieron todo tipo de tropelías contra los españoles y sus propiedades, por lo que estos huyeron aterrorizados a la Ciudad de México. La prensa también informó que más tarde el presidente Álvarez ordenó que los aprendieran, pero que el jefe de la guarnición hizo caso omiso porque sabía que los asesinarían (Barreto Zamudio, 2019: 185-187). Aunque se difundieron amenazas de que España intervendría, en ese contexto de incertidumbre se entiende que el anuncio del arribo de los surianos a la Ciudad de México atemorizara (Arboleya, 1861: 184), y que familias como la de Concepción Lombardo, más tarde esposa del general conservador Miramón, abandonaran temporalmente la capital (Lombardo de Miramón, 1989: 66-67).

Finalmente, la salida de los surianos el 18 de diciembre de 1855 tras el reemplazo de Álvarez por Comonfort en la presidencia luego de múltiples tensiones e intrigas alivió a los grupos acomodados (Díaz, 1963: 240; Bushnell, 2010: 249).31 Gabriac afirmó que el caudillo había desvalijado la capital y embargado «todas las carretas, las mulas y los arrieros de la ciudad y de los alrededores para transportar a sus pintos y sus bagajes, mucho más considerables a su partida que a su llegada», pero que por fin las señoras de sociedad habían podido salir a las calles sin temor a ser insultadas, y que restableciéndose el orden, los cuarteles serían saneados para evitar un contagio de la «lepra del sur» (Díaz, 1963: 240).

No obstante, no terminó la intranquilidad, pues en los meses y años subsiguientes en Morelos continuó la confrontación de peones, hacendados y propietarios, así como las acusaciones a Álvarez; se afirmó que cuando había sido presidente sus secuaces cometieron «toda clase de desmanes» también en contra de «los súbditos mexicanos de raza española en las inmediaciones de Cuernavaca» (Barreto Zamudio, 2019: 191). Entre esos propietarios salió a relucir el nombre del político moderado Manuel Payno, ni más ni menos que uno de los escritores del álbum México y sus alrededores. La rispidez y la propaganda alcanzaron un punto culminante con el asesinato de trabajadores y familiares de un español dueño de las haciendas de San Vicente, Dolores y Chiconcuac en 1856, hecho del que se aseguró que los perpetradores eran igualmente milicianos de la sección Villalva —representada, cabe reiterarlo, en la litografía de Castro—, que también en esa ocasión vitorearon a su jefe y a Álvarez y lanzaron «mueras» a los españoles. La consternación escaló, pues España rompió relaciones con México y continuó pidiendo castigo para el cacique del sur, mientras su prensa lo calificó de mulato cuya ambición, instigada por sus dos hijos, engendrados con una negra, estaba al mando de los extraños y feroces pintos, que con su enfermedad contagiaban a las poblaciones a las que atacaban.32 En suma, el nombre de Álvarez para muchos se asociaba con la «guerra exterminadora de castas».

 

Desde otra perspectiva: los surianos pintados por sí mismos

y por un literato liberal

Otras perspectivas políticas, la de los propios enjuiciados y la de un hombre que militó con los puros, pusieron en entredicho en el momento y más tarde la visión negativa y la multitud de críticas y señalamientos vertidos por un sector de la elite social y política

Entre los surianos, se expresó a través de la prensa el general Diego Álvarez, futuro gobernador del estado de Guerrero, hijo y asesor de Juan Álvarez, posiblemente con un mayor grado de afrodescendencia que este,33 según algunos, y al igual que él educado en la capital. Álvarez hijo afirmó que sus soldados eran ciudadanos laboriosos y pacíficos, compasivos y desinteresados, no ladrones ni asesinos. Reconoció su indisciplina, pero la justificó afirmando que apenas habían tenido tiempo de aprender «á manejar las armas en defensa de las libertades patrias», incluida la de la prensa. Insinuó que había una ingrata y siniestra campaña para desprestigiar al ejército y a su caudillo basada solo en un parte policíaco, que magnificaba hechos de violencia menores en comparación con periodos previos. Aclaró que el conflicto y las desgracias ocurrieron luego de que un oficial ebrio vitoreó a Santa Anna y disparó a otros estando desarmados, pero que él de inmediato acudió y lo contuvo.

Afirmó que, por el contrario, eran los surianos los que salvaguardaban la capital de los desórdenes. Y para puntualizar quiénes eran los salvajes, recordó las acciones cruentas del ejército que llegó con Santa Anna desde la Ciudad de México y atacó a la población de ese estado: ese ejército «civilizador» fusiló hasta «a campaneros por no solemnizar la entrada de las tropas del dictador», y asesinó fríamente a mujeres, niños y habitantes indefensos para repartirse sus bienes; ahora había zonas asoladas y destruidas, y muchos ricos propietarios sureños estaban en la miseria gracias a aquella «invasión humanitaria». Sin embargo, de «tan refinada perversidad nadie se atrevió a llamar bárbaras á las legiones del tirano, ni aun después de caido».34

Confirmó la animadversión derivada de la diferencia cultural —no hizo referencia a la cuestión étnica— y dijo que ellos eran los agredidos, que la clase más ignorante, en la que había muchos desertores —por lo tanto traidores—, se burlaba «de las acciones, del traje y hasta del modo de hablar de los Surianos», que los insultaba y arrojaba piedras, y que ellos solo se defendían, «pereciendo varios en tales contiendas» o siendo asesinados en lugares solitarios donde eran arrastrados.35

La otra versión que conviene citar fue proporcionada por un liberal puro, Juan Antonio Mateos, quien vivió las atrocidades del periodo en carne propia y contribuyó con una importante labor literaria a la construcción del mito liberal en el último tercio del siglo XIX. En su novela histórica Memorias de un guerrillero, publicada en 1897, ridiculizó la reacción de la «petimetre» Ciudad de México que vio a los pintos como bárbaros. En cambio, exaltó el patriotismo y valentía de estos, recordando que, para derrotar la tiranía de Santa Anna, los que llegaron a la capital «con distinto color y traje» derramaron su sangre en las batallas, subieron a patíbulos y llenaron prisiones. Además, Mateos trastocó estereotipos: describió a algún propietario español que simpatizaba con la fracción radical y los pintos, o a un simpático oficial suriano de rostro azulado, finos modales, con recursos y educado en la capital, quien al cotillear con viejos camaradas de escuela —liberales puros, y criollo uno de ellos— se burlaba de lo pedestre de una fonda capitalina y su comida, y contaba de su amor a una bella y virtuosa suriana rubia, hija de un italiano. En su relato, los desmanes son contenidos o tienen un fundamento: los pintos acosan a una joven costurera para invitarla a pasear y atacan a quienes la defienden, pero terminan obedeciendo al citado oficial, que se disculpa y dice que son muy buena gente, pero no conocen de costumbres. El capítulo cierra con una riña a machetazos, producto de una burla hecha por los soldados —se sobreentiende que del ejército permanente que apoyó antes a Santa Anna— a los pintos, quienes ahora, junto con su oficial, defienden su honor (Mateos, s.f.: 29-42).

No es gratuito que tanto Álvarez hijo como Mateos mencionaran las pugnas entre el ejército de línea y el ejército suriano. Cabe recordar que, mientras los liberales puros pugnaron desde años atrás por quitar privilegios y fuero al ejército, y en ese periodo incluso por disolverlo, propusieron también la inclusión y movilización política de los sectores subalternos, lo que los distanció del resto del espectro político.

 

La invisibilización de las tensiones en los surianos de Castro:

espacio público y decoro

La aversión que despertaron los surianos por su aspecto o actitud, presente incluso en el texto del mismo álbum México y sus alrededores (Decaen, 1855-1856), no es evidente en la litografía diseñada por Castro titulada «Trajes mexicanos. Soldados del sur», que los muestra instalados y en pacífica convivencia en el centro de la Ciudad de México. Los soldados charlan, reposan, comen o atienden a sus animales, y no se observa ningún desorden o actitud fuera de lugar, incluso se puede suponer que la caballería del fondo está llegando o partiendo para hacer un rondín y vigilar la capital, ahora bajo su resguardo (véase figura 1).

No hay un uso inadecuado del espacio público, aunque con su pobreza sí han invadido buena parte de la calle de San Juan de Letrán, frente a su cuartel en el convento de San Francisco que,36 en contraste con ellos, es el más suntuoso de la Ciudad de México, retratado fielmente por Castro en su costado suroeste —poco después sería destruido al intensificarse la confrontación entre liberales y conservadores—. Esto se corrobora al contrastar la imagen con el croquis publicado años más tarde por Antonio García Cubas (1904: 55) (véase figura 2). Ni siquiera hay basura, en contraposición a lo dicho sobre la gran suciedad ahí generada, por ejemplo, en El Siglo Diez y Nueve el 18 de noviembre, donde se apuntó la necesidad de una visita higiénica al cuartel de San Francisco para evitar que se desarrollara «allí alguna enfermedad epidémica y contagiosa de funestísimas consecuencias».37

En la litografía de Castro las mujeres o soldaderas que arribaron con el ejército suriano a la capital ocupan un lugar relevante y contribuyen a una imagen de tranquila convivialidad, a diferencia de los diversos testimonios que o soslayaron su presencia o solo las mencionaron para reprochar su poca civilidad y supuestos actos inmorales en la vía pública. Además, a contrapelo de la prejuiciosa afirmación de Zamacois (1855-1856: 28) en el álbum respecto a su indolencia —algo menor que la de los hombres—, muestra las pesadas tareas que desempeñaban, pues a la izquierda una de ellas carga un bulto grande sobre su espalda —elementos de un vivac (Strobel, 2024: 118)38 o improvisado campamento militar— y una canasta con ropa en mal estado, quizá para remendar o lavar,39 en tanto que otra, apenas abocetada en el fondo, podría ser una vivandera —vendedora de comida y víveres—, pues se le ve solitaria y sentada en el suelo con varios objetos indiscernibles en torno a sí.

Desde tiempos insurgentes mujeres de extracción humilde, como las retratadas por Castro, se desplazaron junto con los soldados mexicanos y establecieron con ellos vínculos sentimentales, familiares o sexuales; compartieron la rudeza e incomodidad de una vida azarosa, enfermedades, peligros y hasta la muerte, y se encargaron de la comida, la limpieza de la ropa y los hijos, pero también de allegar recursos a la tropa y obtener ganancias para sí, cuando en campaña se atacaba o despojaba a poblaciones por las que transitaban. De manera frecuente padecían maltratos40 y violencia sexual. Su condición era producto de múltiples factores sociales como pobreza, desarraigo, violencia sistemática, etc. Eventualmente fueron descritas como mujeres abnegadas, pero más a menudo fueron mal vistas desde el discurso de clase y género de la elite de escritores, médicos y militares, que las describieron como vagabundas, concubinas cínicas o prostitutas del ejército, y hasta feas,41 como hizo el mismo Zamacois (1855-1856: 28) en el álbum.

Respecto a los soldados, a pesar del temor que causaron, no se observan actitudes amenazantes, aunque el oficial ubicado casi al centro tiene el ceño fruncido, lo que evoca las denostaciones sobre la «torva fisonomía» o ferocidad de los surianos, pero que podría significar también un rasgo de firmeza y valentía. No se trasluce un uso violento de sus armas y típico machete, con las cuales, según la prensa que los legitimó y ellos mismos —en voz de Diego Álvarez— habían asegurado, continuaban defendiendo la causa liberal y la capital misma del ejército conservador. En relación con esto, Castro tuvo cuidado en documentar la expresión autolegitimadora de los surianos, plasmada en las etiquetas de sus sombreros, que exaltan su lugar de procedencia y su compromiso militar y político con las frases «Viva el sur», «Viva Villalva» y «Muera el tirano» (véase figura 3). Esta postura política fue ponderada por unos como heroicidad, por haber liberado al país del yugo santannista, y por otros como expresión de ilegitimidad y pretexto para violentarlo y controlarlo. A este respecto, se ha comprobado la existencia de un liberalismo popular para otras regiones de México, pero al menos por ahora no para el caso guerrerense; en cambio, se ha demostrado que fueron problemas locales y concretos, y la búsqueda de su resolución, lo que movilizó a sus campesinos, y que individuos interesados en la política nacional fueron quienes dieron cauce a su adhesión (Strobel, 2024: 29-30 y 85).

Por lo que se refiere a la precariedad de los soldados, criticada por unos y ensalzada por otros, Casimiro Castro no la oculta: la mayoría están descalzos, despeinados, y algunos tienen algo ajada la ropa. Carecen de uniforme y en su atuendo, común a los paisanos del sur,42 han improvisado algunos accesorios militares: sobre la camisa suelta una sencilla fornitura y un fusil, y para distinguirse, los oficiales de capitanes para abajo, tan solo unas «presillas en los hombros de la camisa, ó […] chaqueta de dril blanco» (Zamacois, 1855-1856: 28). Esto último indica que el hombre ubicado casi al centro, con calzón raído pero con zapatos, que mira hacia el espectador y charla con un chinaco que da la espalda es, al igual que este, justamente un oficial, lo que constata la lamentación de Arrangoiz en cuanto a que los oficiales no se distinguían étnicamente del resto de la tropa.

Pero en general Castro mantiene su imagen dentro de un margen de decoro, pues al contrario de lo expresado en las críticas, ha omitido mostrar la semidesnudez y el desaseo de sus personajes —lo mismo ocurrió en las otras láminas del álbum—. Esta relativa contención se percibe mejor si se compara con un cuadro al óleo conservado en el Museo Nacional de las Intervenciones (véase figura 4) que retrata a varios soldados liberales vestidos improvisadamente, algunos sin camisa y con la ropa hecha andrajos.43 En cuanto a Castro, incluso ha conferido a los animales buen aspecto, aunque en su novela Juan A. Mateos (s.f.: 29) refirió que sus caballos estaban flacos y sus monturas envejecidas.

Conviene subrayar que la característica más significativa que Castro ha borrado en la fisonomía de sus personajes es el estigma en la piel por el mal del pinto,44 a pesar de que se ha señalado la altísima prevalencia de la enfermedad entre las tropas de Álvarez (Zamacois, 1855-1856: 28; Mateos, s.f.: 29), y muy en particular entre la citada fuerza de Villalva, que en buena parte provenía de la región del Mezcala (Belarmino Fernández, 2013: 11), zona muy afectada por la enfermedad, a tal grado que un estudio médico publicado décadas después se ilustró justamente con la imagen de un lugareño de la región con notorias afectaciones cutáneas (véase figura 5).

Se ha afirmado que los pintos eran indígenas y mestizos porque la enfermedad no afectaba a los negros o mulatos (Strobel, 2024: 95), lo que podría llevar a la sospecha precipitada de que en la escena estudiada no hay afrodescendientes. Pero esa afirmación es inexacta porque, aunque en la época se llegó a creer erróneamente que la enfermedad afectaba más a determinadas razas, estudios posteriores aclararon que se propagaba más entre los indígenas porque era endémica en la zona que ellos habitaban (Costilla Leyva, 2014: 148),45 contigua a ríos.

 

La ambigüedad de la condición étnica en los surianos

dibujados por Castro

No es fácil saber cuál pudo ser el posible grado de mestizaje o de presencia de afrodescendientes entre las tropas de Jesús Villalva, que además de la zona del Mezcala provenían también de Iguala (Strobel, 2024: 139).46 Si bien son valiosos los datos relativos al territorio del actual estado de Guerrero levantados en el siglo XIX por la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, no siguen criterios sistemáticos y no permiten resolver la cuestión;47 sin embargo, hay información e indicios recogidos antes y después que pueden dar luz sobre el tema. Casi ocho décadas antes, en 1777, en el curato de Iguala había un 16 % de mulatos entre la población (Von Mentz, 2016: 60), y cuando este se integró al curato de Taxco, en el periodo comprendido entre 1794 y 1799, había en toda esa jurisdicción una proporción de cuatro a uno entre tributarios indígenas y mulatos —3 200 los primeros y 892 los segundos— (Pavía Guzmán, 1998: 288-289). En cuanto a la región central, que es en la que se ubicaría la región de Mezcala, era eminentemente indígena y contaba entre 1741 y 1745 apenas con un 2 % aproximado de población afrodescendiente,48 pero en algunas zonas de esa misma región central, como Tixtla, entonces capital del estado, había un 10 % de población mulata entre los años 1791 y 1804 (Pavía Guzmán, 1998: 289).49 María Teresa Pavía Miller (2016: 127) observa que la población afrodescendiente en el territorio del actual estado de Guerrero fue en aumento desde la segunda mitad del siglo XVIII hasta principios del siglo XIX. Al margen de lo que puedan aportar datos más precisos que escapan al alcance de este trabajo, conviene también considerar que en la actualidad Guerrero es la zona con mayor porcentaje de afrodescendencia en México (8.8 %), la cual es también significativa en el municipio de Eduardo Neri (Amaro Clemente, 2022: 12),50 donde hoy se ubica Mezcala. En resumen, todo lleva a pensar que en efecto la ascendencia africana estuvo presente entre las tropas de Villalva.

En cuanto a la imagen de los surianos, quizá Castro eludiera deliberadamente la representación de la negritud, como hizo con las manchas en la piel, pues, aunque fue ampliamente reconocida la ascendencia africana de muchos soldados del sur, en su imagen no es visible. No obstante que el cabello de algunos parece crespo51 o su nariz ancha, ni su cara ni su color los distinguen de otros tipos étnicos representados en el resto del álbum, por ejemplo, indígenas. Esta ambigüedad resalta si se contrasta con dos imágenes de tropas afines donde la afrodescendencia es clara: «Garde Civique D’Alvarado, descendante», del italiano Claudio Linati publicada en 1828 (véase figura 6), o «Soldados de la Brigada Roja, partidarios de Juárez», acuarela pintada entre 1858 y 1860 en Veracruz por el suizo Johann Salomon Hegi.

Tampoco en el boceto de Casimiro que precedió a la litografía «Soldados del sur» hay rasgos inequívocos de negritud (véase figura 7). De hecho, no está claro si Castro se apoyó en apuntes del natural para retratar a los surianos o si, como se ha sugerido, copió reelaborándolas varias figuras de un grabado cuyo diseño fue realizado por Johann Moritz Rugendas,52 publicado en el libro Mexiko und die mexicaner o Mexiko: Landschaftsbilder und Skizzen aus dem Volksleben (véase figura 8), escrito por Carl Christian Sartorius —alemán residente en México— y editado al menos en 1855, 1859 y años subsecuentes. La similitud entre la imagen de Castro —boceto y litografía final— y la de Rugendas es evidente, pero por su contemporaneidad por ahora no es posible asegurar quién copió a quién.53 Sin embargo, se observa que las figuras del mexicano son mucho menos esquemáticas que las diseñadas por el alemán54 y, por lo tanto, si Castro fue el que copió, las «mejoró» en cuanto a que les confirió un relativo grado de realismo y detalle.

Sin embargo, en su obra Casimiro a menudo resolvió sus figuras con cartabones, sin gran caracterización, por lo que, por ejemplo, muchas de sus mujeres indígenas o mestizas podrían pasar por criollas o europeas, a no ser por su traje. Pero en ocasiones, además de las diferencias sociales y la multiculturalidad de quienes vivían o transitaban por la capital, detalló más la plurietnicidad, como se observa en otra lámina suya para el álbum (véase figura 9), donde aparece en el lado derecho un mantequero cuya afrodescendencia sí es evidente. Otro ejemplo en que la diferencia étnica y la negritud también son patentes en el álbum lo ofrece otra litografía en la que se ve a un negro mascogo entre un grupo de indios kikapoos, imagen que posiblemente no fue elaborada por Castro (Bonilla, 2021b: 4).

Interesa observar lo que al respecto pudiera aportar «Soldados de la Reforma en una venta», la otra excepcional representación de la misma sección Villalva del ejército del sur que hacia 1858 pintó Primitivo Miranda, en la que por cierto tomó como punto de partida para sus principales personajes a varios de la litografía de Castro, aunque reelaborándolos de manera muy personal.55 Obsérvese que los rasgos faciales que el pintor dio a uno de sus protagonistas al centro-izquierda en el primer plano, por el grosor de su nariz y boca, sí podrían identificarse con los de un mulato (detalle, véase figura 10). Como sea, varias ambigüedades de la imagen de Castro parecen estar presentes de igual modo en la de Miranda, que tampoco muestra las manchas en la piel ni su supuesto desaseo, y en su caso ni siquiera la ropa raída.

Por ahora, el asunto en cuanto a la afrodescendencia queda un tanto abierto, pero con indicios importantes. Al respecto, el propio texto de Zamacois (1855-1856: 28) que describe la estampa es confuso cuando afirma que había muchos negros y pintos en la región calurosa del sur, y a la vez comenta que la imagen es fiel y los muestra «perfectamente dibujados». En suma, deliberadamente o no, Castro hizo una representación ambigua o poco definida de las características de los surianos que incomodaron a las clases acomodadas.

 

Consideraciones finales

En un ambiente de polarización política y social, la presencia de los soldados del sur en la Ciudad de México fue ampliamente criticada y vista con horror por una parte de la elite política y social criolla que no estaba dispuesta a que se pusiera a la cabeza de México un líder con una calidad étnica distinta, apoyado por un contingente con el mismo origen. El cuestionamiento sobre lo que consideraron su aspecto desagradable e inadecuada conducta en el espacio urbano capitalino sirvió además para objetar el triunfo de los liberales radicales que los impulsaron.

No obstante, no todos opinaban igual.56 La litografía de Castro no hace una exaltación grandilocuente de los surianos, pero tampoco se aviene con las críticas de las elites conservadora y moderada; por el contrario, propone una imagen decorosa y relativamente idealizada de ellos. Aunque no oculta su improvisación militar y pobreza —heroicas para algunos—, tampoco muestra las condiciones o actitudes que indignaron: Castro escamotea su desaseo, desnudez y el estigma en su piel por el mal del pinto, y no da indicios de actitudes de incivilidad, violentas o amenazantes. Las mujeres, invisibilizadas o apenas mencionadas en el resto de los testimonios por el mal cariz que daban a la tropa, por su incultura o desvergonzada relación con los soldados, contribuyen a dar un aire de laboriosidad y tranquilidad a la escena. Mostrar el rostro pacífico de esta tropa resulta importante porque precisamente la brigada Villalva, a la que pertenecían si no todos varios de los soldados, había estado y continuaría en boca de la opinión pública por su supuesto vandalismo y violencia.

En suma, Casimiro Castro ofrece una imagen dignificada de los soldados de Guerrero. En primera instancia esto se debe seguramente a que la lámina formaría parte de un álbum con una vocación amena, recreativa y comercial, que compilaba vistas idílicas de la Ciudad de México y sus habitantes, destinadas tanto al consumo local de un público familiar con poder adquisitivo, como al de visitantes extranjeros que lo adquirirían como souvenir de viaje. Pero la idealización también pudo deberse a que, como buen empresario, Decaen, su editor, sabía que podía aprovechar el agrado o impulso publicitario que entre los liberales radicales y sus simpatizantes tuvo al menos en un inicio la llegada de Juan Álvarez y su ejército del sur a la Ciudad de México, de lo que dan cuenta además varias entusiastas reseñas periodísticas que se les brindaron en un ambiente de euforia política por la caída de Santa Anna, y también algunas hojas volantes con versos populares,57 las cuales usualmente salían de imprentas ínfimas para exaltar el ascenso, o a veces la caída, de los gobernantes y sus grupos de apoyo.

Pero la simpatía de inmediato empezó a verse opacada por los jaloneos políticos. Los liberales moderados, más cercanos a la postura conservadora respecto de las clases bajas, dieron amplio vuelo en la prensa a los hechos de violencia en que se vieron inmiscuidos los surianos, y aunque con menos insistencia, también se refirieron a las afectaciones que causaba su presencia en las calles de la capital. Fue sobre todo al cobijo de la privacidad o del tiempo, en la intimidad de sus cartas y en posteriores testimonios históricos, donde para desacreditar a los liberales puros señalaron su incivilidad e inmoralidad, o la repulsión que les causaba su aspecto. Ahí expresaron más claramente su temor de que se salieran de control, considerando seguramente hechos históricos de violencia popular —como el motín de 1829 o la revuelta de 1840—, pero sobre todo la agitación ocurrida en la última década, también recientemente en los estados del sur, en la que Álvarez y sus pintos, incluyendo los de Villalva, estuvieron implicados.

Por ahora no hay elementos para suponer que la dignificación en la imagen de los surianos se debió a una simpatía o inclinación política hacia el liberalismo radical por parte del editor o del propio Casimiro Castro quienes, en una edición posterior del mismo álbum, desde un punto de vista opuesto políticamente, se mostraron empáticos con la intervención francesa. Al margen de lo que se pudiera especular sobre esto y la nacionalidad del editor, seguramente lo hicieron para capitalizar las circunstancias, al igual que cuando en 1869 incorporaron una lámina sobre la inauguración del ferrocarril en Puebla por el triunfante Benito Juárez. Sin embargo, no deja de llamar la atención un comentario vertido en 1864 por Manuel Orozco y Berra en la segunda edición del propio álbum, quien de paso menciona que la decisión de insertar en la vista de Palacio Nacional una escena de otro ejército liberal se debía a la decisión del artista (Orozco y Berra, 1869: 47), es decir, a Castro. A este respecto, tal vez no fuera gratuito que el pintor liberal Primitivo Miranda partiera de la litografía idealizada de Castro para elaborar un cuadro igualmente idealizado.

La lectura de las imágenes de Casimiro Castro, y de cualquier artista, debe buscar sus claves en el marco histórico. Evidentemente, la significación de la litografía aquí estudiada no fue la misma para quienes simpatizaron con las propuestas liberales que para quienes las abominaron. En un contexto cambiante, la imagen, que siguió circulando en las ediciones posteriores y a la que incluso se le añadió color,58 con seguridad se fue rápidamente cargando de nuevos significados; el hecho singular de que la escena de los surianos tuviera como fondo el convento de San Francisco en el corazón de la Ciudad de México ayuda a entender cómo fue operando dicha resignificación, pues meses después, en septiembre de 1856, el recrudecimiento de la resistencia y las pugnas de los conservadores desembocaron en el inicio de la demolición del emblemático convento. Su pérdida, junto con la de otros conjuntos conventuales y templos, dejó una honda huella emocional en quienes amaban la antigua ciudad colonial y veían cómo se desmoronaba. Resulta improbable que en el nuevo contexto pasara desapercibida la carga ahora subversiva de la imagen. Unos verían en ella los agravios cometidos por los liberales —el trastorno social y la pérdida del patrimonio edilicio—, otros por el contrario el triunfo del pueblo sobre la hipocresía clerical y el camino hacia el progreso.

Como se ha dicho, se aprende más del pensamiento xenófobo de quienes lo sustentan que de la población a la que intentan describir (Suárez Argüeyo, 2007, en Ballesteros Páez, 2017). Los juicios de la elite capitalina no fueron descripciones neutras, sino expresiones de una construcción política y cultural compartida por una comunidad minoritaria con valores afines que ponderaba su herencia cultural europea, frente a una alteridad en condiciones de marginalidad y con un fuerte componente rural indígena y afrodescendiente que, alzándose en armas, cuestionó la funcionalidad de esa visión para la mayoría de la población. Si esta alteridad, mayoritaria en México, pudo beneficiarse o si benefició a otros, es tema de otro trabajo. Sabemos que tanto el clero como las comunidades indígenas fueron víctimas de las leyes de desamortización.

 

Agradecimientos

Agradezco a Andrea Chong Muñoz, en su momento mi asistente en la Dirección de Estudios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), su ayuda en la localización de la mayor parte de la hemerografía y de una porción de la bibliografía aquí utilizadas. Asimismo, agradezco a Jorge Sandoval Pardo su generosidad para hacer la toma fotográfica de la figura 4. Agradezco igualmente el apoyo del Museo Nacional de las Intervenciones del INAH, de la Biblioteca Francisco Burgoa de la Universidad Autónoma de Oaxaca, del Museo Soumaya, y en general de las instituciones que me proporcionaron, o de las que obtuve por estar en línea, digitalizaciones de obras de sus acervos.

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Imágenes

Figura 1. Casimiro Castro, «Trajes mexicanos. Soldados del sur»,

en México y sus alrededores (Decaen, 1855-1856). Litografía

Fuente: Internet Archive.

Figura 2. Sin título [convento de San Francisco], en Antonio García Cubas,

El libro de mis recuerdos, 1904. Fotograbado

Fuente: Colección Digital de Nuevo León.

Figura 3. Casimiro Castro, «Trajes mexicanos. Soldados del sur»,

en México y sus alrededores, (Decaen, 1855-1856). Litografía, detalles

Fuente: Internet Archive.

Figura 4. J. Gómez, sin título, copia de una imagen del siglo XIX. Óleo sobre tela

Fuente: Museo Nacional de las Intervenciones, Instituto Nacional de Antropología e Historia. Fotografía Mtro. Jorge Sandoval Pardo.

Figura 5. Dibujado del natural por P. Monroy (Litografía de Iriarte), «Manchas azules en un indígena de la Cuenca de Mexcala (Estados de Michoacán y Guerrero)»,

en Gaceta Médica de México, 1 de febrero de 1881. Cromolitografía

Fuente: HathiTrust.

Figura 6. Claudio Linati, «Garde Civique D’Alvarado, descendante», en Costumes civils, militaires et réligieux du Mexique. Dessinés d’après nature, 1828. Litografía coloreada

Fuente: Internet Archive.

Figura 7. Casimiro Castro, Los pintos de Don Juan Álvarez en la Calle de

San Juan de Letrán, 1855-1856. Dibujo

Fuente: Museo Soumaya.

Figura 8. Johann Moritz Rugendas dibujó (G.M.Kurz grabó), «Soldados (cívicos)

de Tierra Caliente y fruteros», en Mexiko und die mexicaner o Mexiko, 1855

Fuente: Bavarian State Library.

Figura 9. Casimiro Castro, «Trajes mexicanos», en México y sus alrededores

(Debray, 1869). Cromolitografía

Fuente: New York Public Library.

Figura 10. Primitivo Miranda. «Soldados de la Reforma en una venta»,

1858. Óleo sobre tela

Fuente: Museo Nacional de las Intervenciones, Instituto Nacional de Antropología e Historia.

 

Notas

1 La destacada obra litográfica de Casimiro Castro es muy conocida en el contexto de los estudios de historia del arte en México, pero al igual que la de otros ilustradores decimonónicos, se encuentra a la espera de más y mejores estudios. Para un acercamiento inicial a ella baste referir el espléndido catálogo de la exposición que se le dedicó en 1996 (Altamirano Piolle et al., 1996).

2 Se desconoce la fecha en que la lámina empezó a circular, a diferencia de otras del mismo álbum cuya salida se anunció en la prensa (Rojas Rendón, 2013). Su pie reza «C. Castro y J. Campillo, del. y lit.», lo que indica que el primero la dibujó y el segundo la transfirió a la plancha litográfica. Además, Niceto de Zamacois aclara en el texto que en el álbum corresponde a la «hermosa estampa», que fue dibujada por «el aplicado jóven mexicano D. Casimiro Castro» (Zamacois, 1855-1856: 28).

3 Castro fue el principal autor, pero habrá que deslindar la participación de los otros dibujantes anunciados en la portada del propio álbum. Por ejemplo, según indican los créditos al pie, la versión de Fuente del Salto del Agua en la edición de 1855 fue dibujada por L. Auda y litografiada por Castro, y la versión de Casa del emperador Iturbide. Hoy hotel de las Diligencias Generales en la edición de 1864 fue diseñada y litografiada por G. Rodríguez.

4 No es posible reconocer una línea ideológica en la prolífica producción de Decaen. Por una parte, colaboró por mucho tiempo con el editor Ignacio Cumplido, quien fue un empresario liberal, pero pragmático. Por otra parte, Decaen proveyó las imágenes de importantes publicaciones conservadoras en la década de 1850, y en la de 1860 insertó láminas en su álbum que empatizan con la intervención de sus compatriotas en México.

5 Entre quienes redactaron los textos de México y sus alrededores (Decaen, 1855-1856) hay una gama política variada que incluye, entre otros, a liberales moderados como Manuel Payno, o a conservadores como Marcos Arróniz o José María Roa Bárcena.

6 Casimiro Castro es un artista bastante conocido en el ámbito del arte decimonónico de México. Prácticamente nada se sabe sobre su biografía.

7 Entre otros, para el caso de la pintura se pueden citar los trabajos de Angélica Velázquez Guadarrama (2018), centrados en las representaciones femeninas, o el estudio de un cuadro del pintor poblano Agustín Arrieta realizado por María José Rojas Rendón (2017), quien devela la inquietud respecto de los efectos de lecturas y estampas supuestamente perniciosas en sectores subalternos, de por sí mirados con desconfianza. En cuanto a la gráfica, y por tanto a imágenes multirreproducidas que han alcanzado más impacto social por su amplia difusión, se puede citar el libro de Julieta Ortiz Gaitán (2003) sobre las estampas publicitarias que reflejaban y promovían valores y hábitos en la sociedad mexicana de 1894 a 1939. Asimismo, aunque entreverados con el tema de la política y su uso interesado por parte de grupos específicos, se encuentran dos estudios sobre caricatura de Helia Bonilla, derivado uno de su tesis doctoral y centrado en la desarreglada conducta sexual del general Santa Anna, sus seguidores y la contraparte femenina (2007), y otro sobre la forma en que los liberales radicales denigraron la injerencia de las mujeres en los debates sobre la tolerancia de cultos en 1856 (2021a). En esta misma tónica se inserta un artículo de Gretel Ramos (2014), quien analiza la relación entre insalubridad, enfermedades epidémicas y mal gobierno en las caricaturas de El Hijo del Ahuizote. Igualmente, son valiosas las tesis de Aram Mena sobre las ilustraciones principalmente francesas, pero también mexicanas, que retratan la vida cotidiana militar durante la intervención gala y su interacción con el territorio y la población de México (2020 y 2025).

8 Sobre la gestión de Álvarez véanse Rivera y Cambas (1873: 479-481), Zamacois (1888: 90-114) y Villegas Revueltas (2015).

9 Asimismo, Celis y Rodríguez (2023: 95 y 96) observan que fueron dos los modelos organizativos que caracterizaron respectivamente a las fuerzas armadas que apoyaron a Santa Anna y a Álvarez —y en general a las administraciones de corte conservador-imperialista o a las de tendencia liberal-republicana—: un ejército permanente y una milicia activa para el primero, y el ejército y la Guardia Nacional para el segundo. En el segundo caso, no se trataba de un ejército formal sino de grupos de civiles y colectividades sin preparación militar y arraigados a una localidad, bajo el mando de líderes regionales (Strobel, 2024: 34). Héctor Strobel también señala la diversa índole de las fuerzas que apoyaron a Álvarez, quien operó «con clientelas para formar el núcleo de su tropa en el distrito de Acapulco y la Costa Grande» (2024: 32), pero el grueso de sus fuerzas las obtuvo de otras formas: 1) como gobernador al mando de la guardia nacional, 2) como comandante del estado de Guerrero al mando de tropas permanentes que formó con leva, y 3) como «defensor de la libertad» al instigar rebeliones campesinas, que usó como grupos de choque. Sobre las instituciones militares vigentes al momento del plan de Ayutla y su historia, véanse Strobel (2021, 2023 y 2024) y Celis y Rodríguez (2023).

10 «Hechos diversos./ El presidente», El Republicano, 17 de noviembre de 1855, 3.

11 «Hechos diversos./ El presidente», El Republicano, 17 de noviembre de 1855, 3. Varias de las noticias se compilaron en «Entrada del Exmo. señor presidente de la república», El Ómnibus, 19 de noviembre de 1855, 2-3.

12 «Llegada del Sr. Presidente», El Siglo Diez y Nueve, 16 de noviembre de 1855, 4. Se dijo que los extranjeros participaron en agradecimiento por el reciente apoyo para celebrar la toma de Sebastopol —Inglaterra, Francia y Cerdeña apoyaron al imperio turco confrontando a Rusia en la guerra de Crimea, entre 1853-1856; la toma de Sebastopol significó un quiebre que terminó por definir el triunfo de los primeros—, pero también para evitar ser blanco de ataques.

13 El Monitor Republicano también señaló la presencia de los zapadores, según se cita en El Ómnibus, 19 de noviembre de 1855, 2. Strobel comenta que el triunfo de Álvarez no se debió únicamente «a las armas, sino a la negociación, a la opinión pública y las numerosas adhesiones de autoridades militares que entraron en desesperación por el autoauxilio de Santa Anna» (Strobel, 2023: 73).

14 Véase El Monitor Republicano, citado en «Entrada del Exmo. señor presidente de la república», El Ómnibus, 19 de noviembre de 1855, 2 y «Hechos diversos./ El presidente», El Republicano, 17 de noviembre de 1855, 3.

15 Faustino Villalba había participado desde la década de 1840 en rebeliones campesinas contra la usurpación latifundista; completó su columna con leva —no tuvo más de 400 hombres— y controló el camino de Iguala a Chilpancingo atacando poblaciones y haciendas. En un cruento enfrentamiento con Santa Anna, tras asaltar e incendiar con otros cabecillas propiedades y poblados donde había terratenientes, juzgados y autoridades, cayó en combate y su cabeza fue expuesta en una picota en julio de 1854 en Mezcala. Su hijo Jesús se vengó y quedó al mando, y por órdenes de Álvarez consiguió soldados y propagó la revolución de Ayutla en Tierra Caliente y el sur del Estado de México, y también en Morelos, y al triunfo de la revolución tuvo poder absoluto de Cuautla a Mezcala. En los siguientes años siguió siendo hombre de confianza de Álvarez y ayudó a contener las sublevaciones en Puebla; murió en 1859 (Strobel, 2024: 81-82, 89, 97, 169).

16 «Hechos diversos./ El presidente», El Republicano, 17 de noviembre de 1855, 3.

17 Véase «Entrada del Exmo. señor presidente de la república», El Ómnibus, 19 de noviembre de 1855, 2-3. Meses atrás, el 13 de agosto de 1855, gracias a la intercesión de varios periodistas liberales, la imprenta de El Ómnibus se salvó de ser destruida, como sí lo fue la de El Universal, por un tumulto popular azuzado por el liberalismo radical.

18 Liberales como Rivera y Cambas (1873: 481) o Juan A. Mateos (s.f.: 29) sí consignan el recibimiento.

19 El texto de Zamacois fue posterior a la litografía de Castro, pues además de hacer referencia a la imagen —lo que implica que ya estaba terminada—, habla de la estancia de los surianos en la capital en pasado. Se desconoce si la lámina circuló suelta.

20 «España y México», El Siglo Diez y Nueve, 22 de abril de 1864, 4.

21 Esto se deduce porque parte de su información es anecdótica y contiene detalles muy específicos, y porque, por el momento, no hay indicios de que el propio Arboleya hubiera visitado el país. La prensa mexicana mencionó que el escritor español consignó la visita de Miguel Miramón a Cuba, lo que indica su posible nexo con el conservadurismo mexicano. Véase «El Progreso», El Siglo Diez y Nueve, 22 de abril de 1864, 3.

22 Un periódico conservador insidiosamente preguntó si el cambio de opinión de los periódicos de Ignacio Cumplido —históricamente un liberal moderado— se debía a que no había obtenido los favores que esperaba del nuevo régimen; «Segundo cintarazo al rico home, señor de los Rebeldes», La Espada de Don Simplicio, 24 de noviembre de 1855, 1. Manuel Rivera y Cambas (1873: 479-484) afirma que desde un principio los puros apoyaron a Álvarez y los moderados apoyaron a Comonfort. A su vez, Silvestre Villegas Revueltas (2015: 85) señala que Álvarez mismo osciló y trató de granjearse a ambos grupos.

23 La ciencia de la policía, considerada como un antecedente de la ciencia de la administración pública y relacionada con el buen gobierno, se ocupaba no solo de la seguridad, sino de la comodidad, la salubridad y el ornato.

24 «¡Que se haga como lo pide!», La Espada de Don Simplicio, 24 de noviembre de 1855, 1.

25 «Policia», El Ómnibus, 22 de noviembre de 1855, 3.

26 «El Pensamiento Nacional», El Ómnibus, 22 de noviembre de 1855, 3.

27 «El Pensamiento Nacional», El Ómnibus, 22 de noviembre de 1855, 3.

28 «Higiene», El Siglo Diez y Nueve, 7 de noviembre de1855, 4. Sobre las condiciones de los cuarteles utilizados por el ejército en la Ciudad de México y sobre los inconvenientes del que se instaló en el convento de San Francisco, véase Ceja (2022). Según me ha hecho saber Javier Eduardo Ramírez López, desde 1841 el gobierno federal había solicitado al ministro provincial del Santo Evangelio un espacio para albergar ahí un batallón. Agradezco a este historiador haberme compartido esta información.

29 Es significativo que, señalado por fomentar el odio racial contra la población blanca, se le acusara de este delito, porque algunos indicios apuntan a que era hijo de un español, entre ellos el testimonio de Ignacio Manuel Altamirano, también guerrerense, y el propio testamento de Álvarez. Sobre la polémica del origen étnico de este véase la nota 33.

30 Barreto Zamudio analiza el papel de Álvarez en los conflictos sociales del periodo en Morelos.

31 Concepción Lombardo (1989: 73) también expresó su alivio por la partida del ejército de Álvarez y los pintos en la capital.

32 «Reseña de la prensa», La Iberia, 19 de febrero de 1857, 3.

33 En 1867 Ignacio M. Altamirano, para criticarlo, señaló que Diego Álvarez era nieto de negros infelices y que su epidermis y cabello no le permitían meterse en las filas de la aristocracia, aunque lo deseara; Ignacio M. Altamirano, «El estado de Guerrero. (Concluye)», El Correo de México, 12 de diciembre de 1867, 1. En cuanto a Juan Álvarez, María Teresa Pavía revisa las posturas encontradas de diversos autores respecto a su origen étnico, confrontándolas con otras informaciones, como el testamento del mismo Álvarez y los padrones de la jurisdicción de Acapulco. A partir de ello concluye, por el apellido de su madre, que efectivamente debió ser afrodescendiente. En cuanto a la relación con su padre, deduce que Juan Álvarez debió ser hijo ilegítimo o no ser hijo de español, puesto que eran ilegítimas las uniones entre españoles y pardas, aunque el testamento y los testimonios históricos señalen que sí lo era (Pavía Miller, 1999).

34 «Sres. Redactores del Monitor Republicano», El Monitor Republicano, 24 de noviembre de 1855, 2.

35 «Sres. Redactores del Monitor Republicano», El Monitor Republicano, 24 de noviembre de 1855, 2.

36 Mientras que Rivera y Cambas y Mateos hablan de cuarteles (véase supra), Niceto de Zamacois afirma que el lugar que ocuparon los surianos fue «el cuartel formado en el convento de San Francisco, en la calle de San Juan de Letrán» (Zamacois, 1855-1856: 28).

37 «Cuartel de San Francisco», El Siglo Diez y Nueve, 18 de noviembre de 1855, 4.

38 En efecto, se observa un petate enrollado, es decir, una estera para dormir.

39 Claudia Ceja cita el expediente de un proceso abierto en 1821 contra un soldado por robar prendas a la esposa de otro soldado que lavaba ropa de la tropa; también menciona que algunas mujeres de los soldados ganaban dinero como costureras, entre otros oficios (Ceja, 2022: 321).

40 En su novela El Zarco, Altamirano narra cómo esa vida era estimulante para algunas de esas mujeres (Velázquez Guadarrama, 2012: 84).

41 Ver el capítulo completo dedicado al tema de las mujeres de la tropa en Ceja (2022: 301-361).

42 Juan A. Mateos afirmó que las fuerzas surianas irrumpieron vestidas con calzón blanco, huaraches, sombreros de palma, camisas de fuera y cinturones de cuero con sus machetes (Mateos, s.f.: 29). En efecto, ningún indígena dibujado en el resto del álbum lleva la camisa suelta como ellos.

43 El cuadro es copia de un original por ahora no ubicado, y según los registros del museo, proviene del Museo Histórico de Acapulco, Fuerte de San Diego, en calidad de préstamo indefinido.

44 Es significativo que el título que el Museo Soumaya asigna al dibujo preparatorio para la litografía sea «Los pintos de Don Juan Álvarez en la calle de San Juan de Letrán». Supongo que dicho título pudo ser anotado por el propio dibujante, pero por ahora no lo he podido comprobar porque el dibujo está enmarcado.

45 Erradicado hasta el siglo XX, el mal del pinto lo padecía el 23 % de la población del estado de Guerrero aún en 1934.

46 Strobel (2024: 148) señala en otro punto de su trabajo que Jesús Villalba operó junto con su padre Faustino entre Taxco y el río Mezcala. Faustino insurreccionó los alrededores de Iguala, Cocula, Coacoyutla y Mezcala, y fue apoyado en Tepecoacuilco —donde nació—, Cacahuamilpa y Apipitulco.

47 Revisé varios boletines que dicha sociedad publicó en 1852, 1859 y 1862, y que ha puesto en línea el Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Nacional Autónoma de México.

48 294 eran pardos —en principio se llamaba así a las personas con mezcla de indios y negros, pero con el tiempo también se denominó a las diversas categorías de mulatos— y 27 eran esclavos negros. Sin embargo, hay un total de 985 registros correspondientes a «No indígenas» entre los que podía haber, además de europeos y castizos, también mulatos, moriscos, morenos y lobos, otras variantes en la categorización colonial de los afrodescendientes (Pavía Guzmán, 1998: 258 y 26s).

49 A mediados del siglo XIX una cuarta parte de la población de Tixtla —5 000 individuos— no era indígena, y de ella se señaló que una fracción quería exterminar y robar a la población hispano-mexicana, por lo que se deduce que al menos el origen de un segmento no era europeo y descendía de los afrodescendientes del periodo colonial. Tixtla, por cierto, estaba muy afectada por el mal del pinto (Estrada, 1852: 74).

50 Aunque también hay un porcentaje importante de nahuas en los municipios de Eduardo Neri, en el Catálogo Nacional de Pueblos y Comunidades Indígenas y Afromexicanas (s.f.) por ahora no se ha registrado una alta densidad de esta población ni en Mezcala ni en Iguala, que fueron parte de la región donde también operó Jesús Villalva.

51 Esto es más notorio en la litografía que en el boceto (véanse figuras 1 y 7).

52 Rugendas hizo el dibujo, que fue grabado por G.M.Kurz.

53 Para comprobar que fue Castro quien copió, habrá que constatar, como se ha afirmado, que existe una edición de 1850 o una de 1852 de Mexiko und die mexicaner —no las localicé en ninguna colección ni mexicana ni extranjera, incluida por ejemplo la Deutsche Digitale Bibliothek, ni en ningún sitio comercial en línea—; no debe confundirse con otras publicaciones de Sartorius. También sería necesario comprobar que la edición de 1855 de dicho libro se concluyó efectivamente en ese año, pues no siempre los datos editoriales eran tan precisos —por ejemplo, en la edición de 1855-1856 México y sus alrededores se incluyeron láminas de 1854—. En el caso de que la impresión del libro de Sartorius se hubiera prolongado algo más allá de 1855 —por venderse por entregas—, Rugendas bien podría haber sido el que copió a Castro; esto podría ser factible si se considera que la mencionada imagen del artista alemán fue la penúltima en insertarse en el libro. Por otra parte, si bien se ha probado que al menos varios de los grabados diseñados por Rugendas derivan de los bocetos que elaboró durante su visita a México entre 1831 y 1834 (Jaimes Benítez, 2014), puedo a mi vez señalar que Rugendas en su portada copió la pequeña figura de la mujer con rebozo que aparece en el lado inferior izquierdo de la conocida litografía «Poblanas», diseñada por Carl Nebel y publicada en París en 1836 en el álbum Voyage pittoresque et archéologique dans la partie la plus intéressante du Mexique. Por lo tanto, Rugendas en este detalle recurrió a una estampa de otro artista viajero hecha con posterioridad a su propia estadía en México, y lo mismo pudo haber hecho con la imagen de Castro.

54 Entre el boceto original de Castro y la versión litográfica hay diferencias: en esta se añadieron las figuras de los oficiales que charlan en primer plano y algunos de los rostros fueron un tanto modificados por J. Campillo, quien, según el crédito al pie, trasladó la imagen a la piedra litográfica. Esto se observa en el rostro de la mujer que charla a la derecha, que es mucho más agraciado en el original. Respecto de la definición de la etnicidad, no hay cambios significativos.

55 Strobel (2024: 254) señala que Miranda retrató a los pintos porque en uno de los sombreros aparece el letrero «Villalva». Puedo a mi vez señalar que dos protagonistas masculinos de su cuadro derivan, de manera libre, de los protagonistas de la lámina de Castro, mientras que la mujer de pie en la puerta de la venta también es muy afín a varias del álbum —entre ellas una en el primer plano de la vista de la Plaza de Guardiola—; pero la del soldado con capote y quepí que se ve detrás de la vivandera es en mi opinión la que muestra mayor similitud con, y procede inequívocamente de, la que está en el extremo derecho de la litografía de Castro.

56 El que para 1861, tras el triunfo liberal en la guerra de Reforma, el retrato del caudillo del sur se encontrara en todas las imprentas, indica la afinidad que sí había en un importante sector capitalino, dispuesto a adquirirlo (Tylor, 1861: 198). Tylor dio el testimonio, aunque refiriéndose al «horrible» retrato del mulato Álvarez.

57 Se conservan ejemplos en la colección de impresos sueltos de la Biblioteca Nacional de México.

58 Veáse la edición de 1869, puesta en línea por la New York Public Library (Debray, 1869).

 

Cómo citar este artículo:

Bonilla Reyna, Helia Emma. (2025). Otredad y racismo: el ejército suriano en la Ciudad de México en 1855, por Casimiro Castro. Revista Pueblos y Fronteras Digital, 20, pp. 1-36, doi: https://doi.org/10.22201/cimsur.18704115e.2025.v20.800