Senderos que se entrecruzan. Literatura y etnografía en dos antropólogos mexicanos
Intertwining Paths: Literature and Ethnography in Two Mexican Anthropologists
RESUMEN:El objetivo de este trabajo es explorar la dinámica y los patrones de la protesta social en el estado de Chiapas entre 2018 y 2021, así como los procesos que influyen en la desmovilización social. Entre estos últimos destacan dos acontecimientos de gran magnitud: el triunfo de Morena en el plano electoral y la contingencia sanitaria causada por el virus SARS-CoV-2. Para lo anterior se problematiza la articulación entre los procesos electorales, la movilización y la desmovilización social, tomando como referente empírico el análisis de una serie de eventos de protesta. Entre los resultados se describe un pico de protestas ocurrido entre 2018 y 2019 que permite relativizar tanto los efectos desmovilizadores del triunfo morenista como los de la pandemia y se advierte la emergencia de nuevos actores sociales.
PALABRAS CLAVE: eventos de protesta, acción colectiva, movimientos sociales, represión, covid-19.
ABSTRACT: This paper aims to explore the dynamics and patterns of social protest in the state of Chiapas between 2018 and 2021, as well as the processes which influence social demobilization. Two significant events stand out among these factors: the victory of Morena on the elections front, and the health contingency brought about by the SARS-CoV-2 virus. To understand these processes, the author studied the link between electoral processes and social mobilization and demobilization, taking the analysis of a series of protests as an empirical reference. A wave of protests that occurred between 2018 and 2019 stands out among the results of the previous analysis, allowing us to put into perspective both the demobilizing effects of Morena's victory and those of the pandemic, at the same time the emergence of new social actors was observed.
KEY WORDS: protest events, collective action, social movements, repression, covid-19.
Introducción
La práctica de la escritura es un requerimiento fundamental en el trabajo etnográfico, pues la recolección de los datos implica el uso de las notas de campo, el diario y los primeros informes, para poder elaborar así los textos en los cuales se articulan los datos en un discurso formal. Contra lo que pudiera pensarse, no es frecuente la elaboración de diarios de campo, ni mucho menos su publicación, como puede apreciarse en un ensayo que intenta dar cuenta de la presencia de estos documentos en la antropología mexicana contemporánea (Medina, 1996). Sin embargo, hay también otro tipo de expresiones en las que se resume la experiencia del trabajo de campo, no ya de una experiencia específica, sino a lo largo de una vida, en textos autobiográficos que remiten específicamente a las vicisitudes en las diversas investigaciones etnográficas, como lo hacen Aura Marina Arriola (2000) y Miguel Alberto Bartolomé (2002).
Este recurso a la escritura por una exigencia metodológica primordial conduce, en ocasiones, al gusto por contar historias o bien escribir textos literarios que pueden tener la forma de cuentos (como en Manuel Gamio, 1922), de novelas (como es el caso de Alfonso Fabila y sus siete novelas) o bien de poesía (Carlo Antonio Castro, 1962).
La preocupación por la escritura en la etnografía tiene dos fuentes importantes: por una parte, el movimiento en la comunidad antropológica estadunidense conocido como el «giro posmoderno», en el que se abre una discusión sobre los aspectos retóricos en la escritura de textos etnográficos, sobre todo en la condición personal del autor, lo que será conocido como la reflexividad (Guber, 2015); por la otra es el reconocimiento de la diferencia epistemológica entre la producción de los países centrales, exportadores de teorías, donde ha emergido la perspectiva colonial, y la de los países periféricos, consumidores de esas propuestas. Es decir, se trata de las antropologías hegemónicas, centrales, y las que Esteban Krotz (2017) ha llamado «antropologías del sur». El desconocimiento de esa profunda diferencia epistemológica ha conducido a la configuración de un «cosmopolitismo provincial», expresado en un conocimiento erudito de las propuestas teóricas de los centros hegemónicos, con una ignorancia de las condiciones específicas nacionales (Ribeiro y Escobar, 2009); lo que se advierte, en la comunidad mexicana, en la preocupación por estar al día de las novedades procedentes de los países centrales y en un desconocimiento, o una actitud despectiva, hacia la historia de la antropología mexicana.
A partir de este contexto histórico, y epistemológico, en este ensayo exploraré las implicaciones teóricas de dos textos literarios producidos por sendos antropólogos, quienes coinciden en ser publicados por una editorial nacional prestigiosa, el Fondo de Cultura Económica; sin embargo, los respectivos autores, Ricardo Pozas Arciniega y Francisco Rojas González, pertenecen a dos diferentes generaciones de estudiosos. Por una parte, el segundo mencionado (1903-1951), muestra en su obra la orientación teórica de una afiliación con la perspectiva evolucionista, es decir, que privilegia la identidad racial por encima de los datos de la etnografía y de la lingüística, que considera complementarios. Esta es la corriente teórica que domina los inicios de los estudios antropológicos en México hasta, prácticamente, 1957.
Por otro lado, Ricardo Pozas (1912-1994) se formó en la corriente que despliega la metodología funcionalista, la cual otorga un lugar central al registro de los datos en un diario de campo, y asume como unidad de estudio la comunidad. Pozas formó parte de la primera generación de egresados de la Escuela Nacional de Antropología y recibió un entrenamiento riguroso bajo la dirección de Sol Tax, antropólogo estadunidense, discípulo de Radcliffe-Brown, el más importante teórico del funcionalismo británico.
Si bien el modelo del trabajo de campo que establece el funcionalismo otorga una importancia central al diario, como lo estableció Bronislaw Malinowski en su célebre obra Los argonautas del Pacífico occidental (1973[1922]), la publicación póstuma de A Diary in the Strict Sense of the Term (1967) plantea la diferencia entre el diario de campo y la elaboración posterior de informes y ensayos, como lo apunta James Clifford (1995). Este contraste me permite otorgar un lugar destacable a la redacción de cuentos y novelas como un efecto de la experiencia etnográfica; una manera de transmitir la confrontación personal con pueblos y culturas de una manera creativa, lo que se opone al carácter formal de los textos antropológicos.
Los textos
El Fondo de Cultura Económica lanzó en 1960 una nueva serie, la Colección Popular, con una amplia difusión de sus primeros textos, entre los que se encontraban cuatro libros: El diosero, de Francisco Rojas González, Juan Pérez Jolote, de Ricardo Pozas, El llano en llamas, de Juan Rulfo, y La muerte tiene permiso, de Edmundo Valadés; sin duda una muestra elocuente de obras notables puesta a disposición del público en grandes tirajes de bajo costo. Los dos textos a los que nos referimos aquí ya habían mostrado su popularidad en ediciones previas, de menor tiraje, ambos en la colección Letras Mexicanas, del Fondo de Cultura Económica; asimismo, también fueron traducidos a diferentes lenguas y sus autores tuvieron un reconocimiento internacional como escritores de literatura indigenista.
El contexto histórico
La antropología mexicana profesional tiene como punto de partida al pequeño grupo de investigadores instalados en el Museo Nacional en los comienzos del siglo XX; para 1906 se iniciaron los cursos dirigidos a formar estudiosos con una orientación evolucionista. En los campos de la antropología física, la lingüística y la etnología encontramos a Nicolás León; en el de la historia a Genaro García y a Jesús Galindo y Villa; y posteriormente ingresó Andrés Molina Enríquez, para cubrir la plaza que había dejado vacante Nicolás León. En el campo de la arqueología la figura dominante es Leopoldo Batres, quien desde 1885 era director de la Inspección de Monumentos Arqueológicos. Si bien estaba adscrito al museo, en los hechos actuaba con cierta independencia gracias a su cercanía con el dictador Porfirio Díaz; dejó esta posición luego de la caída del régimen porfirista (Rutsch, 2007; Iracheta, 2015).
Todos ellos comparten una misma orientación evolucionista, de acuerdo con la cual existe una base biológica determinante sobre los fenómenos de carácter lingüístico y cultural. Asumiendo la existencia de razas en la población humana, los objetivos de las investigaciones, y de las discusiones teóricas y metodológicas, se orientan al establecimiento de las diferencias a partir de la diversidad lingüística y cultural, para de esta manera dar cuenta de la determinación biológica y, con esto, del proceso evolutivo de las razas humanas por el que se establecen diferentes etapas de desarrollo, en una secuencia profundamente eurocéntrica, en la cual la cúspide del desarrollo histórico la representan las sociedades industrializadas de Europa, y su implante en América, los Estados Unidos.
Así, el resto de los pueblos del mundo se sitúan en dos grandes categorías, la de los «salvajes», correspondiente a los recolectores-cazadores y pescadores, y la de los «bárbaros», para las sociedades campesinas y las civilizaciones asiáticas y africanas, estableciéndose de esta manera diversas dicotomías, todavía en uso, como la de Occidente/primitivos, civilización/barbarie, etc. Con esta perspectiva, la definición de las ciencias antropológicas es diferente a la vigente en la actualidad: así, por «antropología» se entendía lo que ahora es la «antropología física», o también la «antropología biológica», la cual era la fundamental, dado el lugar central otorgado a las diferencias «raciales», las cuales determinaban, en esta perspectiva teórica, las características lingüísticas y culturales de un grupo humano. En este planteamiento, la tarea de la etnografía es la de establecer la posición de un pueblo en la secuencia evolutiva «primitivo-civilizado»; y esto es lo que se plantearon los estudiosos mexicanos de comienzos del siglo XX.
La propuesta teórica evolucionista dominaba tanto en Europa como en Estados Unidos, siendo algunos de sus proponentes Edward Tylor, en Inglaterra, y L. H. Morgan, en Estados Unidos; también era la hegemónica en los estudiosos mexicanos, particularmente en la versión de H. Spencer, como lo muestran Emilio Kourí (2009) y Agustín Basave (2001) refiriéndose a Andrés Molina Enríquez, así como Fernando González Dávila (2004) con relación a Nicolás León. La fidelidad a esta orientación teórica impedirá el diálogo con Franz Boas, durante su estancia en México en 1911-1913 (Rutsch, 2007: 318), específicamente por Nicolás León, quien tenía una fuerte relación profesional y personal con Ales Hrdlicka, antropólogo físico miembro del grupo evolucionista en Estados Unidos, quienes combatían los planteamientos antirracistas de Boas.
Dos grandes tendencias se presentan en la comunidad de los primeros antropólogos mexicanos, las que se continúan hasta nuestros días. En la arqueología, se expresa en la orientación monumentalista fundada en el nacionalismo de raíces criollas, representada por Leopoldo Batres; junto a ella está aquella otra que vincula la arqueología con la historia, en la que se sitúa Jesús Galindo y Villa, del grupo del Museo Nacional. En el campo de la etnología está la investigación teórica y la docencia practicadas por Nicolás León, junto a las cuales se sitúa aquella otra de enfoque práctico, una «ingeniería social», propuesta por Andrés Molina Enríquez. Esta diferencia se mantiene hasta nuestros días en la orientación académica de los estudios etnológicos, por una parte, y aquella otra con un énfasis en las aplicaciones a los problemas sociales contemporáneos, la antropología social.
Manuel Gamio y Miguel Othón de Mendizábal son dos alumnos inscritos en los cursos del Museo Nacional, cuya práctica profesional influirá decisivamente en la antropología mexicana contemporánea. Gamio es becario de la Escuela Internacional de Arqueología y Etnología Americanas, fundada por Franz Boas y Eduard Seler, en 1910. Con el apoyo de Zelia Nutall y del propio Boas, Gamio realiza estudios y obtiene su maestría en la Universidad de Columbia; a su regreso se incorpora al grupo del Museo Nacional, aunque para ese entonces la situación política del país entraba en una fase de creciente violencia, luego de la caída del dictador Porfirio Díaz y del asesinato de Francisco I. Madero.
Otro acontecimiento que incide en la configuración de la naciente comunidad antropológica es la fundación de la Universidad Nacional, en 1910, todavía bajo el régimen porfirista, lo que conduce a una reorganización de varias instituciones ya existentes. Es decir, al crearse la Escuela de Altos Estudios, incorpora varias de las escuelas profesionales que había en ese entonces, como la de ingeniería, la de arquitectura y la de medicina, entre otras. En estos movimientos, el Museo Nacional se integra también a la universidad, lo que conduce, en 1915, al traslado de los cursos de antropología a la Escuela de Altos Estudios, la cual cambia su nombre posteriormente, ya en la década de los años veinte, a Facultad de Filosofía y Letras (Medina y Fuentes, 2010).
En este entorno convulsionado por el movimiento armado y por las confrontaciones de los diferentes grupos políticos, Manuel Gamio se une al grupo carrancista y participa activamente en la configuración del nacionalismo que asumen los nuevos regímenes de la Revolución Mexicana. Este es el entorno en el que publica su libro Forjando patria, aparecido en 1916, y en el que expresa las premisas teóricas y políticas que orientarían su quehacer antropológico (Gamio, 1960[1916]).
Ante la diversidad cultural y lingüística de la población mexicana, Gamio asume la perspectiva del liberalismo decimonónico al considerarla como un «problema nacional», cuya solución es el mestizaje, bajo la premisa de que la nación moderna se compone de una raza, una lengua y una cultura. En esta tarea la antropología tiene una aplicación, al ofrecer «el conocimiento de los hombres y de los pueblos, de tres maneras: 1. Por el tipo físico. 2. Por el idioma y 3. Por su cultura o civilización», con lo que expone el fundamento evolucionista de su propuesta (Gamio, 1960[1916]: 58).
En la coyuntura del diseño de la Constitución de 1917, Gamio maniobra con sus nexos políticos para fundar una Dirección de Antropología, como parte de la Secretaría de Agricultura y Fomento, donde estaban antiguos condiscípulos suyos y miembros del mismo grupo político. Desde este espacio gubernamental Gamio echa a andar un gran proyecto de investigación sobre la población del Valle de Teotihuacán; para formar su equipo acude, no a sus colegas del Museo Nacional, sino a sus propios vínculos sociales y políticos, de entre quienes destacan el arquitecto Ignacio Marquina, los arqueólogos Eduardo Noguera y Hermann Beyer, el abogado Lucio Mendieta y Núñez, así como el lingüista Pablo González Casanova.
Las funciones de la antigua Inspección de Arqueología, recuperadas por el Museo Nacional en 1911, luego de la renuncia de Leopoldo Batres, son atraídas por Gamio a la Dirección de Antropología, desde donde establece el control sobre la vigilancia y las investigaciones en las zonas arqueológicas del país. El proyecto de investigación en el Valle de Teotihuacán es el modelo de lo que llamará una «antropología integral», por el carácter interdisciplinario de su equipo, así como por su metodología regional y por sus implicaciones prácticas. Es decir, se plantean diversas investigaciones, entre ellas la arqueológica misma en un sitio privilegiado por la política nacionalista desde los tiempos de Porfirio Díaz, así como también se proponen diversos programas de apoyo a la población regional, en donde se manifiesta la orientación práctica del proyecto, su carácter aplicado.
Este proyecto de investigación regional en el Valle de Teotihuacán sienta un precedente decisivo para la antropología mexicana, tanto por su magnitud y su carácter interdisciplinario, como por su articulación con el nacionalismo de la Revolución Mexicana. Sin embargo, contra la mitología que hace de Manuel Gamio el padre fundador, en cuanto a su orientación teórica y sus preocupaciones prácticas, sigue los pasos de sus maestros en el Museo Nacional, particularmente de Molina Enríquez; lo novedoso es su planteamiento regional y su afán de hacer de este proyecto un modelo de aplicación práctica que pretendía extenderse a otras regiones del país.
La importancia otorgada a las características físico-biológicas de la población se expresa en el capítulo VII de La población del Valle de Teotihuacán, en el que se consignan los datos del tipo físico, las mediciones corporales que siguen la metodología de los antropólogos Ales Hrdlicka y Frederick Starr; también se tomaron fotografías de diez hombres y ocho mujeres indígenas, así como de ocho mestizos, en el formato de frente y de perfil; además, se tomaron 24 medidas corporales, indicándose:
Para emprender las mediciones se repartió a la población de acuerdo con el censo y atendiendo a su aspecto físico exterior, esto es, al color de la piel y del pelo, a la clase del mismo, a la presencia o defecto de barba y bigote, a la inclinación de los ojos, etc., en los tres grupos antes citados: indios, mestizos y blancos […] Los mestizos y los blancos […] creerían desmerecer en dignidad igualándose a los indígenas al consentir ser medidos (Siliceo, 1922, t. II: 152-153).
Por su parte, en el «Estudio fisiológico del indígena adulto», su autor, el doctor José Joaquín Izquierdo, concluye: «…los indígenas que actualmente habitan el valle de Teotihuacán pertenecen a una raza en decadencia fisiológica» (Izquierdo, 1922, t. II: 186).
Con la introducción y las conclusiones de su investigación, Manuel Gamio obtuvo, en el mismo año de 1922, el doctorado en antropología, otorgado por la Universidad de Columbia. Conservó su condición dirigente en la Dirección de Antropología durante el gobierno del Gral. Álvaro Obregón, tiempo en el que publicó la revista Ethnos, en la cual participaron aquellos estudiosos interesados en el «problema indígena».
En el inicio del gobierno del Gral. Plutarco Elías Calles, en 1924, Gamio es nombrado subsecretario en la Secretaría de Educación Pública (SEP), para lo cual traslada todo su equipo que laboraba en la Secretaría de Agricultura y Fomento. Sin embargo, seis meses después, ya en 1925, estalla un conflicto político con el secretario de Educación, Manuel Puig Casauranc, y Gamio es obligado a renunciar; de inmediato abandona el país, si bien la mayor parte de su equipo permanece en la institución, el cual se reorganiza y formará parte de lo que será, en 1939, el Instituto Nacional de Antropología e Historia (inah).
Con el ingreso de Moisés Sáenz como subsecretario de Educación, las actividades se orientan a fortalecer la educación rural y a la fundación de instituciones que contribuyeran a la formación de los futuros maestros. No obstante, los integrantes del equipo de Manuel Gamio permanecen en la SEP y se proponen continuar con su proyecto de realizar una concentración de las investigaciones etnográficas en las regiones indígenas del país, siendo uno de sus más activos y entusiastas participantes Carlos Basauri (1900-1965), del Departamento de Educación Rural e Incorporación Indígena.
Formado como maestro normalista, Carlos Basauri realiza una investigación etnográfica entre los tarahumaras, en la que también participa su hermano, el médico Manuel Basauri, la cual es publicada en 1929 (Basauri, 1929). Asimismo, se incorpora, en 1928, comisionado por la SEP, al equipo de la Universidad de Tulane dirigido por el arqueólogo y explorador Frans Blom, el cual emprende un largo recorrido por tierra, desde Tapachula, Chiapas, hasta Chichén Itzá, en Yucatán. En esta expedición Basauri toma notas etnográficas de las poblaciones que visita, particularmente de la comunidad tseltal de Sibacá, situada en las cercanías de Ocosingo, y de los mayas de Quintana Roo. En cambio, procede a realizar una investigación más detallada en una comunidad tojolabal, La Independencia, en la que despliega una metodología evolucionista, pues lleva a cabo estudios sobre fisiología y patología, antropología física, lingüística y etnografía. En sentido estricto sus descripciones etnográficas son un tanto superficiales y su trabajo lingüístico consiste en una lista de términos que no registra las particularidades fonéticas del tojolabal, una lengua mayense emparentada con el tseltal (Basauri, 1931).
En su afán por encontrar soluciones a los problemas que planteaba la educación en las comunidades indígenas, Moisés Sáenz desarrolla, en 1932, un proyecto de investigación en Michoacán, entre la población de habla purépecha residente en la Cañada de los Once Pueblos. Sáenz se plantea poner a prueba sus concepciones acerca de la Casa del Pueblo como centro educativo y de acción social, para lo cual conduce un equipo de investigadores, entre quienes encontramos a Carlos Basauri y a Miguel Othón de Mendizábal. Sin embargo, el proyecto se frustra al tener que abandonar el país Moisés Sáenz por conflictos con el secretario de Educación; así, Sáenz permanece siete meses en el proyecto, en tanto que el resto del equipo se mantiene por dos años. El resultado es una descripción y reflexión personal de Sáenz, en un libro publicado en 1936 en Lima, Perú (Sáenz, 1936). En este mismo texto Sáenz propone al gobierno encabezado por el Gral. Lázaro Cárdenas la creación de una institución indigenista, que cristaliza en el Departamento Autónomo de Asuntos Indígenas, fundado en 1936, que contiene las premisas de la política indigenista que el gobierno mexicano continuará con el Instituto Nacional Indigenista, creado por un decreto de 1948 y echado a andar en 1951, con la organización del primer Centro Coordinador Indigenista en los Altos de Chiapas.
Carlos Basauri participa también en el equipo de investigación que prepara, en 1933, el demógrafo italiano Corrado Gini, presidente del Comité Italiano para el Estudio del Problema de la Población. Gini es dirigente del movimiento eugenésico italiano, a la cabeza de la Sociedad Italiana de Genética y Eugenesia, vinculados con el proyecto fascista de Mussolini, de renacimiento del proyecto imperial de Italia (Turda y Gillete, 2014: 44).
La Misión Italiana dirigida por Corrado Gini llega a México en 1933, y cuenta con el apoyo institucional del Museo Nacional, a través de Miguel Othón de Mendizábal, y del Comité Mexicano de la Población, dirigido por Manuel Gamio, así como por la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística (Serrano y Mejía, 1988: 102). El equipo de investigación es organizado en cuatro grupos, los que se dirigirán a regiones diferentes, si bien antes de hacerlo reciben un entrenamiento intensivo entre la población otomí de Ixmiquilpan, Hidalgo.
El primer grupo es dirigido por Carlos Basauri, quien visita las poblaciones nahuas de Tuxpan, Jalisco, seris y mayos de Sonora, así como tarahumaras de Chihuahua; el segundo lo encabeza Manuel Basauri, hermano de Carlos, para visitar los pueblos purépechas del lago de Pátzcuaro, así como a coras y huicholes de Nayarit y Jalisco. El tercer grupo lo encabeza Dino Camavitto, con la encomienda de visitar los pueblos tlapanecos, así como a la población afromexicana de la Costa Chica de Guerrero. En el cuarto grupo, conducido por Giuseppe E. Genna, encontramos a Francisco Rojas González, cuya misión es la de visitar los pueblos chinantecos, zapotecos y mixes de Oaxaca. «Para realizar la investigación se prepararon tres cuestionarios: una cédula para registrar medidas antropométricas y datos colorimétricos, otra para el examen médico e informaciones biológicas individuales y un tercer cuestionario, de carácter familiar, para los datos demográficos» (Serrano y Mejía, 1988: 103). Corrado Gini se responsabilizó de la información demográfica, en tanto que Giuseppe Genna tuvo a su cargo el entrenamiento antropométrico y Luis Mazzotti fue el responsable de los datos médicos y biológicos.
Para mediados de los años 30 nos encontramos a Carlos Basauri como director del Departamento de Educación Indígena, de la SEP, desde donde se da a la tarea de emprender una síntesis etnográfica de la población indígena del país. Esta encomienda se le hace teniendo ya el compromiso de llevar a cabo en México el Primer Congreso Indigenista Interamericano, que finalmente se efectúa en Pátzcuaro, en abril de 1940, todavía bajo la presidencia de Lázaro Cárdenas. Los tres volúmenes de La población indígena de México. Etnografía, de Carlos Basauri (1940), son distribuidos entre los participantes al Congreso de Pátzcuaro, constituyendo el primer esfuerzo por concentrar la información etnográfica sobre los pueblos indígenas.
Basauri ya había tenido la experiencia de sintetizar los datos sobre la población indígena, primero bajo la dirección de Manuel Gamio, cuando se diseñaron unos «cuadros etnográficos» para concentrar la información existente; posteriormente Basauri publica un folleto, La situación social actual de la población indígena, en 1927. Finalmente, el proyecto avanza cuando se apoyan las investigaciones para la recapitulación que se publica en 1940. Para disponer de la mayor cantidad de datos «se enviaron amplios cuestionarios a maestros rurales, maestros misioneros y directores de centros de educación indígena, de los cuales se obtuvieron los datos convenientes», también se acudió a la información contenida en diferentes fuentes publicadas (Medina, 1982). La orientación de esta obra sigue los lineamientos de la escuela evolucionista mexicana, establecida en el campo de la antropología por Nicolás León y Andrés Molina Enríquez desde el Museo Nacional y continuada por Manuel Gamio y su equipo de la Dirección de Antropología.
Por su parte, Miguel Othón de Mendizábal, condiscípulo de Gamio en los cursos del Museo Nacional, se hace presente como investigador en 1921, y como colaborador, con Enrique Juan Palacios en el Museo Nacional. En la década de los años veinte, Mendizábal emprende diversas investigaciones de carácter histórico y etnográfico, así como también escribe ensayos críticos sobre cuestiones sociales específicas reconocibles entre la población indígena. Uno de sus más importantes trabajos es el publicado en 1928, La influencia de la sal en la distribución geográfica de los grupos indígenas de México (Mendizábal, 1928), una síntesis del cual presenta como ponencia en el XXIII Congreso Internacional de Americanistas, realizado en Washington, D. C, en 1929. En este ensayo aporta datos que serán importantes para la futura definición del área cultural mesoamericana.
A finales de los años veinte, se genera una efervescencia política y social provocada por el asesinato de Álvaro Obregón. En la Universidad Nacional se gesta un movimiento autonómico, y la organización eclesiástica católica se apresta a desplegar una estrategia diferente luego del fin del movimiento cristero. En ese contexto, surge la revista Quetzalcóatl, publicada entre 1929 y 1931, dirigida por Carlos Basauri y en la que participan Manuel Gamio, Pablo González Casanova y otros estudiosos de la problemática nacional. Por otro lado, el Bloque de Obreros Revolucionarios de México, fundado en 1921, publica su revista Crisol; en el bloque participan Miguel Othón de Mendizábal, Gilberto Loyo, Fermín Revueltas, Adolfo Ruiz Cortines, Francisco Rojas González y otros intelectuales. En ese tiempo, encontramos a Manuel Gamio afiliado a la Hermandad Rosacruz Quetzalcóatl, «a la cual pertenecían también Ramón P. Denegri, Gilberto Loyo, Luis L. León, Jesús Silva Herzog, Eduardo Villaseñor, Eulalia Guzmán y Diego Rivera» (Urías Horcasitas, 2007: 33, 86).
El triunfo del movimiento por la autonomía en la Universidad Nacional sucede en 1929, para iniciar entonces una serie de tortuosas negociaciones que implican una relación conflictiva, en la cual se negocia el presupuesto de la universidad y el carácter de sus vínculos con el gobierno federal. En ese ambiente tenso y de muy pocos recursos se funda el Instituto de Investigaciones Sociales, en abril de 1930, para lo cual se establece una dirección rotativa, que finalmente queda en el papel por la carencia de recursos económicos. Quien mantiene una actividad administrativa mínima es Miguel Othón de Mendizábal, nombrado secretario académico de ese instituto.
En esta coyuntura precaria ingresa como ayudante de investigación Francisco Rojas González, quien ya desde mediados de los años veinte participaba en las investigaciones que Mendizábal emprendía en el Museo Nacional. Los diferentes rectores de la ahora Universidad Nacional Autónoma de México enfrentaban una situación difícil, sometidos a la presión del gobierno federal y a la exigencia de defender la autonomía. Fernando Ocaranza, rector de noviembre de 1934 a septiembre de 1935, narra las vicisitudes del cargo en el contexto de la fragilidad de las relaciones con el gobierno federal (Ocaranza, 1943). No es sino durante la rectoría de Luis Chico Goerne (septiembre 1935-junio de 1938) cuando se propicia un acercamiento, con la creación de la Comisión Intersecretarial del Valle del Mezquital, en la que el Instituto de Investigaciones Sociales tiene una activa participación. Manuel Gamio es nombrado director del instituto y Miguel Othón de Mendizábal, apoyado por Francisco Rojas González, desarrolla una intensa investigación en las comunidades otomíes del Valle del Mezquital. De esa experiencia resulta fundamental su esfuerzo por hacer un diagnóstico sobre la situación social y económica de dos comunidades otomíes, Santa María Tepeji y Capula, pues llega a la conclusión de que la misión del antropólogo «será la de explorar las más urgentes necesidades de los grupos indígenas y plantear los medios prácticos para satisfacerlas» (Mendizábal, 1946, vol. IV: 160). Es decir, el perfil profesional del antropólogo debía ser el de intermediario entre las comunidades indígenas y las autoridades gubernamentales, «pues la pobreza de nuestros recursos económicos y aun del personal preparado para esta clase de trabajos hacen por hoy imposible la realización de investigaciones completas y profundas de cada una de las regiones indígenas de la República» (Mendizábal, 1946, vol. VI: 199).
Esta definición del perfil profesional del antropólogo es llevada al Departamento de Antropología de la Escuela de Ciencias Biológicas, del recién fundado Instituto Politécnico Nacional (IPN); corresponde a las características de los profesionales preparados por esa institución.
Con la renuncia del rector Chico Goerne, en junio de 1938, Gamio se retira de la dirección del Instituto de Investigaciones Sociales, y el rector entrante, Gustavo Baz, cercano al presidente Cárdenas, nombra a Lucio Mendieta y Núñez nuevo director, en 1939, quien reorganiza el instituto y funda la Revista Mexicana de Sociología; asimismo, establece dos grandes líneas de investigación, siguiendo su experiencia al lado de Manuel Gamio en la Dirección de Antropología: el problema indígena y la cuestión agraria. Francisco Rojas González es el único investigador que permanece y se integra a los nuevos proyectos, como lo apunta el propio Mendieta y Núñez: «me convencí en el acto de que estaba en presencia de un intelectual valioso, de una persona intachable por su sinceridad y sus evidentes prendas morales. Le ratifiqué mi confianza y, desde entonces, fue para mí un colaborador inestimable» (Mendieta, 1962: 235).
La fundación del Departamento de Antropología en el IPN, junto con la creación de la Sociedad Mexicana de Antropología, ambos eventos ocurridos en 1937, así como la realización de la Primera Asamblea de Filólogos y Lingüistas y la fundación del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), en 1939, sientan las bases de una nueva etapa en la formación profesional de antropólogos, así como el establecimiento de los fundamentos institucionales para la investigación antropológica. Todo esto en el marco más amplio de la política indigenista del régimen cardenista, instaurado con el Departamento Autónomo de Asuntos Indígenas (DAAP), en 1936, y que culmina con la realización del Primer Congreso Indigenista Interamericano, en 1940, lo que conduce a la organización del Instituto Indigenista Interamericano, con sede en la Ciudad de México. Los movimientos institucionales que completan el nuevo panorama de la antropología profesional en México son trasladados del Departamento de Antropología al INAH, también en 1940, y su conversión en la Escuela Nacional de Antropología, la cual, luego del establecimiento de un convenio con la UNAM, y posteriormente con la Ley de Profesiones, se convierte en la ENAH.
Cuando era director del Departamento de Antropología, en el IPN, Daniel F. Rubín de la Borbolla, se suscribe un convenio con el Departamento de Antropología de la Universidad de California para realizar investigaciones conjuntas en la región purépecha, en Michoacán, en la que participan Silvia Rendón y Ricardo Pozas; y para 1942 se celebra otro convenio con el Departamento de Antropología, de la Universidad de Chicago, para desarrollar investigaciones en los Altos de Chiapas.
El Instituto Nacional Indigenista se funda en 1948, siendo su primer director Alfonso Caso; se constituye entonces un grupo de investigación para organizar lo que sería la política indigenista del gobierno mexicano y, siguiendo los planteamientos de Moisés Sáenz, se crean los centros coordinadores indigenistas, el primero de los cuales se establece en San Cristóbal de Las Casas, en los Altos de Chiapas, inaugurado en 1951. El primer director del Centro Coordinador Tzeltal-Tzotzil es Gonzalo Aguirre Beltrán, quien permanece un año, y le sigue Julio de la Fuente, también por un año; el tercer director es Ricardo Pozas, en 1953. Los dos primeros son los artífices de la política indigenista, a la que también contribuyen otros antropólogos, entre ellos el propio Ricardo Pozas.
Podemos caracterizar el escenario de la investigación antropológica y de la política indigenista como configurado por la ENAH y el INAH, donde se forman antropólogos profesionales y se realizan investigaciones bajo los paradigmas teóricos funcionalista y culturalista, como lo muestra la organización del plan de estudios, bajo un formato que responde a las concepciones de Franz Boas, con cuatro especialidades (antropología física, arqueología, etnología y lingüística) articuladas a partir de una teoría de la cultura de raíz historicista.
Por su parte, los estudiosos funcionalistas se vinculan con la política indigenista y pronto se fundan, en 1950, dos especialidades de la etnología: la antropología social y la etnohistoria. La primera se concibe como una ciencia aplicada, siendo su campo de acción precisamente la política indigenista. De hecho, los primeros cuadros antropológicos del INI se forman como antropólogos sociales. Esta concepción pragmática de la antropología estaba presente en el primer plan de estudios del Departamento de Antropología, en 1938, cuando se anuncian los dos campos formativos: antropología física, a cargo de Daniel F. Rubín de la Borbolla, y antropología social, dirigido por Miguel Othón de Mendizábal.
Por otra parte, en la UNAM, el más importante proyecto de investigación antropológica se encuentra en el Instituto de Investigaciones Sociales, donde su director, Lucio Mendieta y Núñez, antiguo colaborador de Manuel Gamio en la investigación del Valle de Teotihuacán, se propone realizar la «Carta Etnográfica de la República Mexicana», basada en «estudios de arqueología, etnografía y lingüística realizados por numerosos autores sobre las razas indígenas de México» (Mendieta, 1957: 248).
Las monografías realizadas por el equipo de investigadores coordinado por Mendieta y Núñez son publicadas en 1957, en el volumen Etnografía de México, en el Instituto de Investigaciones Sociales, de la UNAM. Además de este proyecto, Mendieta y Núñez dirige la elaboración de las que llama «monografías indigenistas especiales» dedicadas a las «razas indígenas» más importantes. «El primero de esos grupos étnicos estudiado fue el de los Tarascos, siguiéndose un método de investigación semejante al que se empleó para las otras razas indígenas», aunque esta vez con un equipo interdisciplinario que permanece varios meses en la región estudiada (Mendieta, 1957: 250). El volumen dedicado a los tarascos se publica en 1940, en tanto que el realizado entre los zapotecas se da a conocer nueve años después, en 1949, con el mismo formato (Mendieta et al., 1940, 1949). Aun cuando se había anunciado la publicación de un tercer volumen con el mismo esquema, dedicado a los otomíes, este no llegó a ver la luz, aunque se hizo pública, en 1961, la investigación biotipológica, en la que colaboraron ocho especialistas bajo la dirección de José Gómez Robleda (1961).
Este panorama institucional y de investigaciones antropológicas forma parte de lo que se ha llamado la «época de oro» de la antropología mexicana, y abarca el lapso de 1940 a 1970, en el que encontramos a Francisco Rojas González y a Ricardo Pozas Arciniega como antropólogos profesionales que habían tenido una intensa experiencia de trabajo de campo. Si bien son contemporáneos por un breve lapso, la década de los años cuarenta, cada uno se afilia a una diferente orientación teórica y metodológica, correspondiente cada una a las dos grandes etapas de la historia de la antropología mexicana, a las que podemos llamar la evolucionista y la funcionalista.
Etnografía y literatura
En el bosquejo histórico de la antropología en México hemos señalado diversos momentos en los que encontramos a nuestros autores. Primero a Francisco Rojas González (1903-1951), trabajando como ayudante con Miguel Othón de Mendizábal en el Museo Nacional y acompañándolo en las vicisitudes de las actividades políticas de la época, como su pertenencia al Bloque de Obreros Intelectuales, donde entra en contacto con diversas personalidades que participarán posteriormente en la vida política nacional, como el demógrafo Gilberto Loyo y el que será presidente de la República, Adolfo Ruiz Cortines, entre otros. Esta cercanía con Miguel Othón de Mendizábal lo lleva a participar en el proyecto de investigación de la Misión Italiana, que dirige un destacado científico italiano, Corrado Gini, y en el que recibe un entrenamiento en las técnicas antropométricas y estadísticas que serán aplicadas por los cuatro equipos integrantes del proyecto. Al grupo al que se integra Rojas González le corresponde viajar a las regiones chinanteca, mazateca y mixe, del estado de Oaxaca. Esta experiencia lo conduce a visitar lejanas regiones indígenas y al manejo de instrumentos antropométricos, lo que se deja ver en algunos de los cuentos de El diosero.
Posteriormente, y junto con Mendizábal, trabaja en la preparación del libro México en cifras. Atlas estadístico, publicado en 1934; posteriormente colabora con el equipo que emprende una intensa labor en el proyecto de investigación en el Valle del Mezquital, ya como investigador del Instituto de Investigaciones Sociales, de la UNAM; lamentablemente es una experiencia que queda trunca, pues los acontecimientos políticos de la universidad llevan a la renuncia del rector, Chico Goerne. Buena parte de la información recogida queda inédita, aunque posteriormente, con la publicación de las Obras completas de Miguel Othón de Mendizábal, es posible rescatarla; la tarea de editarlas queda precisamente a cargo de Rojas González.
La carrera literaria de Francisco Rojas González comienza muy temprano, pues en 1928 gana el concurso de novelas cortas de la Revista de Revistas; posteriormente publica once cuentos en El Universal Ilustrado, en el lapso de 1931-1934 (García Blanco, 1988). Da a conocer sus trabajos etnográficos en 1939, ya con Mendieta y Núñez en la dirección de la Revista Mexicana de Sociología, con el artículo sobre las «Cartas etnográficas de México»; luego, con los materiales reunidos en el Valle del Mezquital y con uno más de tipo monográfico sobre los mazahuas (Rojas, 1939a, 1939b y 1939c). En colaboración con Roberto de la Cerda Silva escribe un breve texto monográfico sobre los tsotsiles. Estos dos artículos monográficos forman parte del proyecto sobre la etnografía de México, planeado para estar compuesto de tantas monografías como «grupos étnicos» componen la población indígena nacional.
En el libro Los tarascos. Monografía histórica, etnográfica y económica, Rojas es el encargado de los capítulos correspondientes a las épocas precolonial y colonial (Mendieta et al., 1940). Finalmente, en el libro editado por Mendieta y Núñez, Etnografía de México. Síntesis monográficas, colabora con doce monografías —las dedicadas a los seris, los tlapanecos, los mayos, los yaquis, los mazahuas, los popolocas, los chatinos, los mayas, los chontales de Tabasco, los tseltales, los huastecos y los totonacos— (García Blanco, 1988: 324).
Con la novela La Negra Angustias, en 1944, Rojas González obtiene el Premio Nacional de Literatura; posteriormente, en 1947, publica su segunda novela, Lola Casanova, cuya historia sitúa entre los seris, pueblo de Sonora.
La perspectiva teórica evolucionista, centrada en el estudio de las características raciales y fuertemente eurocentrista, domina la producción etnográfica de Rojas González, y para cuando publica sus más importantes trabajos es prácticamente marginado de las investigaciones antropológicas y de las discusiones sobre la metodología del trabajo de campo, la etnografía y la antropología aplicada, cuestiones centrales en la comunidad profesional que tuvo sus sedes en la ENAH, el INAH y la Sociedad Mexicana de Antropología. Sin embargo, algunos textos suyos son acogidos en las revistas América Indigena y la Revista Mexicana de Estudios Antropológicos. El cierre de la corriente evolucionista en México queda expresado en la polémica que se inicia con la crítica que hace Juan Comas a la Etnografía de México, en 1957, lo que de alguna manera incide en que no se publicara el volumen anunciado sobre los otomíes, excepto la parte correspondiente a la biotipología. Paradójicamente, la crítica de Comas no fue a las bases teóricas de las monografías etnográficas, sino a gruesos errores de información y al racismo subyacente. Para entonces, Francisco Rojas González había fallecido, lo que acontece en 1951, cuando era ya una figura destacada de la literatura mexicana, lo cual se acentúa con la edición de sus cuentos completos y con la selección contenida en El diosero.
El año en el que Rojas González obtiene el Premio Nacional de Literatura, 1944, Ricardo Pozas Arciniega (1912-1994) estaba haciendo trabajo de campo en San Juan Chamula, Chiapas, como alumno de la carrera de etnología de la ENAH, dentro del proyecto dirigido por Sol Tax y auspiciado por la Universidad de Chicago, la ENAH y el gobierno de Chiapas. Originario de Amealco, Querétaro, se forma como maestro en la Escuela Normal Rural de San Juan del Río, Querétaro, y es un activo participante en las luchas sociales de los años treinta que tenían lugar en la Ciudad de México, a donde se había trasladado. Con la intención de adquirir una mejor formación que le permitiera apoyar el movimiento campesino, se inscribe en el Departamento de Antropología, de la Escuela de Ciencias Biológicas, del Instituto Politécnico Nacional, en 1938, y lo hace sin ninguna intención vocacional, sino para obtener los instrumentos que le permitieran «seguir trabajando con los campesinos y ayudarlos en algo» (Vázquez, 1990: 142).
Pozas reconoció haberse formado con las enseñanzas de dos maestros: Miguel Othón de Mendizábal, a quien consideró «proletario de la ciencia», y Paul Kirchhoff, etnólogo alemán que llegó a México en 1936 y se incorporó a la enseñanza de la antropología; fue de los fundadores del Departamento de Antropología y de la Sociedad Mexicana de Antropología, ambos organizados en 1937. Militante comunista en Alemania, ya en México imparte cursos de etnología y reúne a sus alumnos en su casa para el estudio del marxismo; asimismo, prepara a la primera generación de investigadores que habrían de hacer aportaciones significativas a la historia antigua de México. Uno de sus aportes fundamentales es la propuesta de Mesoamérica como un área cultural de alta civilización, que se convierte en el paradigma de la antropología mexicana del periodo 1940-1970.
Inspirado por las enseñanzas de Kirchhoff, Pozas escribe uno de sus primeros trabajos etnográficos sobre la tenencia de la tierra en San Juan Chamula (Pozas, 1945). Sin embargo, parece existir una paradoja entre la influencia del marxismo y su formación profesional bajo la teoría funcionalista, sostenida por una concepción positivista. En el marco de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos despliega una estrategia para asegurar el apoyo de los países latinoamericanos, y particularmente de México, país con el que comparte una extensa frontera. Entre las medidas adoptadas está el apoyo para la formación de profesionales de la antropología en la ENAH, tanto con el ofrecimiento de becas estudiantiles proporcionadas por diversas fundaciones estadunidenses, como la Rockefeller y la Viking, entre otras, como por la presencia de profesores, ente ellos Sol Tax, de la Universidad de Chicago. Las becas ofrecidas benefician también a estudiantes de otros países latinoamericanos para formarse en la ENAH (Loyola, 1990).
La tradición antropológica funcionalista británica establece una fuerte exigencia en el trabajo de campo intensivo y un registro meticuloso de la información recogida. El modelo lo establece Bronislaw Malinowski en su obra clásica Los argonautas del Pacífico occidental, publicada en Inglaterra en 1922; pero quien desarrolla la teoría funcionalista es Alfred Radcliffe-Brown. Este antropólogo inglés se traslada a los Estados Unidos en los años treinta y permanece gran parte de esa década en el Departamento de Antropología de la Universidad de Chicago; entre sus alumnos están Fred Eggan, Sol Tax y Alfonso Villa Rojas.
Tax y Villa Rojas forman parte del equipo que dirige Robert Redfield en la Península de Yucatán y en Guatemala, en los años treinta. Villa Rojas, como investigador de la Institución Carnegie de Washington, lleva a cabo un recorrido de reconocimiento en los Altos de Chiapas, en 1939, con el fin de localizar una comunidad conservadora en la que pudiera realizar una investigación etnográfica a profundidad, siguiendo los cánones del funcionalismo. Sol Tax, por su parte, recorre los Altos de Guatemala, instalándose en Panajachel para hacer una investigación etnográfica sobre economía. En ese lapso escribe su ensayo, en 1937, sobre los sistemas de cargos, que va a constituirse en un clásico de la etnografía mesoamericanista (Tax, 1937).
Cuando Tax llega a la ENAH, en 1942, echa a andar un proyecto de investigación en los Altos de Chiapas, en el que continúa el planteamiento de Redfield para Yucatán y Guatemala, con el fin de abarcar la situación histórica y cultural de los pueblos mayenses, en línea con el proyecto geopolítico de Sylvanus Morley (Medina, 2015). El primer paso es el diseño del proyecto de investigación para conseguir el apoyo financiero de la Institución Carnegie, del INAH y del gobierno de Chiapas. Así, organiza un primer grupo de estudiantes con el que lleva a cabo una temporada de trabajo de campo en Zinacantán, una comunidad tsotsil.
En una segunda etapa del proyecto, en 1944, se plantea la realización de investigaciones etnográficas a profundidad, para lo cual elige a tres estudiantes, uno de los cuales es Ricardo Pozas. El marco teórico que comparten las investigaciones etnográficas es el funcionalismo, que Tax conocía bien, por lo que el tema central es la estructura social. Así, Calixta Guiteras, integrante del equipo, se propone estudiar la organización social, y específicamente las relaciones de parentesco (lo cual lleva a cabo en Cancuc, comunidad tseltal, así como en Chenalhó y en Chalchihuitán, tsotsiles), en tanto que Fernando Cámara explora el sistema de cargos en Tenejapa, comunidad tseltal; es decir, la organización político-religiosa. Finalmente, Ricardo Pozas se plantea estudiar la organización económica de San Juan Chamula, comunidad tsotsil. Alfonso Villa Rojas funge como coordinador del trabajo de campo de los tres estudiantes desde su campamento instalado en Oxchuc, en el paraje de Tsajalch’en, comunidad tseltal (Villa Rojas, 1990).
Tax impone una severa disciplina en la metodología del trabajo de campo, lo que incluye la organización cotidiana de las notas de campo, así como la discusión colectiva de los temas y de los problemas encontrados. Las notas que Ricardo Pozas mecanografía durante los seis meses de estancia en Chamula alcanzan las 500 cuartillas; un fuerte ejercicio de escritura, sin duda.
Posteriormente, en 1945, Ricardo Pozas, junto con su esposa Isabel Horcasitas, y otros alumnos de la ENAH, como Arturo Monzón, Felipe Montemayor y Anne Chapman, se integran al equipo organizado por Manuel Gamio, director del Instituto Indigenista Interamericano, para realizar una investigación auspiciada por la Oficina Sanitaria Panamericana, de Washington. El objetivo era hacer una exploración económico-cultural de la región oncocercosa de Chiapas, pues se había planeado que pasara por esa área la Carretera Panamericana (Gamio, 1946).
El equipo dirigido por Gamio, compuesto por tres grupos: el de médicos, el de antropólogos y la pareja Frans Blom y Gertrude Duby (Molinari y Aguilar, 2021; Giraudo, 2023), se propone explorar la Sierra Madre de Chiapas y el Soconusco, región tropical donde se habían instalado grandes fincas dedicadas al cultivo y la exportación del café, cuyos propietarios eran principalmente alemanes. Para el pesado trabajo del corte de la cereza del café se contrataban, a través de una red de intermediarios, grandes contingentes de indígenas de México y Guatemala. Un grupo considerable procedía de los pueblos mayenses de los Altos de Chiapas y, entre estos, numerosos tsotsiles de Chamula. Fue la oportunidad que tuvo Ricardo Pozas para conocer las condiciones de trabajo, que eran pésimas, las que con frecuencia provocaban que se contagiaran de paludismo y de oncocercosis. Los chamulas, al retornar de las fincas a su comunidad, en las tierras altas, formaban una caravana fantasmagórica y grotesca de «enfermos y desnudos, con los cuerpos ulcerados por el exceso de trabajo y por las plagas de tierra caliente, sin protección de ropas, en la más completa miseria, dejando las fincas pero no sus deudas que les mantenían sujetos para la cosecha siguiente. Algunos morían en el camino vencidos por el cansancio y la inanición» (Pozas, 1952: 42).
De regreso a la Ciudad de México, Ricardo Pozas se plantea denunciar la situación de pobreza y de explotación de los trabajadores indígenas. El positivismo de la antropología funcionalista no le ofrece muchas posibilidades de denunciar y contribuir a las situaciones que había experimentado directamente; decide entonces escribir una historia de vida, uno de los recursos metodológicos de la etnografía, a partir de la información recogida en el campo. Acude entonces a la amistad establecida con una persona real, Juan Pérez Jolote, para redactar una biografía a través de la cual hacer referencia a los aspectos centrales de la cultura comunitaria. Escribe la primera versión a comienzos de 1948, sin embargo, al revisarla advierte la falta de algunos datos fundamentales para su argumento, por lo que decide regresar a la comunidad para recabar los datos faltantes y, sobre todo, leerle el manuscrito al propio Juan Pérez Jolote. En este viaje, realizado en junio de 1948, se hace acompañar por el gran dibujante y grabador Alberto Beltrán, miembro del Taller de la Gráfica Popular, quien ilustra la primera edición de este documento etnográfico.
La versión final de este texto, preparado por Ricardo Pozas e ilustrado por Alberto Beltrán, se publica en la editorial de la Sociedad de Alumnos de la ENAH, en el número 3, tomo tercero, de la serie Acta Anthropologica, a fines de 1948. En la introducción se presenta una síntesis etnográfica de la comunidad, caracterizándose su economía como no capitalista y señalando sus relaciones con la sociedad nacional capitalista. El cuerpo principal, la narración en primera persona, es la vida de un chamula, Juan Pérez Jolote (Pozas, 1960).
Este novedoso texto etnográfico tiene un inesperado éxito literario al ser publicado por el Fondo de Cultura Económica como «novela indigenista» en su colección Letras Mexicanas, en 1952. Posteriormente, en una entrevista, Ricardo Pozas declara:
A mí realmente no me gustaba escribir. Tuve que hacerlo porque me metí en esto de la antropología con el propósito de trabajar con los grupos indígenas, de ayudarlos en algo, mejorar sus condiciones de vida, y me vi obligado a escribir […] Yo pensaba que no debía escribir para los antropólogos, que lo importante era escribir para las grandes masas, para el pueblo, que se dieran cuenta de cómo viven los indios, cuáles son sus condiciones, cómo son explotados […] lo importante era escribir en una forma sencilla, con un lenguaje simple, eliminando tecnicismos y términos antropológicos (Castro, 1994: 16).
Ricardo Pozas tendrá la oportunidad de apoyar a los pueblos mayenses de los Altos de Chiapas desde la política indigenista, pues a partir del decreto con que se funda el Instituto Nacional Indigenista, en diciembre de 1948, se incorpora al grupo de especialistas dirigidos por Alfonso Caso, nombrado su director. Con la decisión de organizar el primer Centro Coordinador en los Altos de Chiapas, se realizan diversas investigaciones, en las que tuvo un papel fundamental Julio de la Fuente, antropólogo formado bajo la influencia de Malinowski, en la Universidad de Yale, en Estados Unidos. El Centro Coordinador Tzeltal-Tzotzil se establece entonces en San Cristóbal de Las Casas, por su papel de «centro rector», como lo llamaría Gonzalo Aguirre Beltrán, el teórico de la política indigenista, y que es su primer director.
Ricardo Pozas es el tercer director del centro coordinador, en 1953, y tiene entonces la oportunidad de apoyar el desarrollo de las comunidades tseltales y tsotsiles que caen bajo su jurisdicción. En la presentación de su tesis para obtener el grado de etnólogo, en la ENAH, Pozas incluye una parte de su monografía etnográfica y le incorpora información recogida en los días que funge como director del centro coordinador; el examen profesional tiene lugar en 1957. Al año siguiente renuncia al INI, y para 1959 dicha institución publica el libro Chamula. Un pueblo indio de los Altos de Chiapas, como volumen VIII de las Memorias del INI (Pozas, 1959). En 1960 aparece Juan Pérez Jolote. Biografía de un tzotzil en la Colección Popular del Fondo de Cultura Económica (Pozas, 1960).
Consideraciones finales
La vida de estos dos antropólogos y escritores abarca la casi totalidad del siglo XX; cuando nace Francisco Rojas González, en 1903, están por iniciarse los cursos de antropología en el Museo Nacional, que constituyen los comienzos de la profesionalización de dicha disciplina. Cuando fallece Ricardo Pozas, en 1994, había estallado el movimiento armado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, precisamente en Chiapas, entre las comunidades mayenses de los Altos y la Selva, con un discurso radical que reivindica los derechos históricos de los pueblos indios y denuncia la discriminación a la que están sujetos.
La teoría evolucionista, en tanto régimen de conocimiento, como lo indica Eduardo González (2019), que domina los estudios antropológicos de la primera mitad del siglo XX, otorga la base ideológica para la discriminación racial y cultural de los pueblos indios, cuyos derechos son negados por los intelectuales nacionalistas criollos del siglo XVIII, así como por los liberales y conservadores decimonónicos, quienes no titubean para reprimir violentamente las protestas de los pueblos indios ante los despojos de sus bienes comunales. La movilización de los pueblos indios está también en la base del movimiento revolucionario de 1910-1920. Sin embargo, no consiguen el reconocimiento de sus derechos políticos como parte de la nación mexicana; por el contrario, la política del mestizaje los niega y, con el apoyo de la antropología, legitima el exterminio de su cultura y de su diversidad lingüística. La perspectiva que se construye estuvo signada por la discriminación racial, por una mirada que los primitiviza. Esto puede advertirse en algunos de los cuentos de El diosero.
Así, al referirse a las lenguas amerindias de los sujetos de sus cuentos, Rojas González califica de «aglutinante» la lengua zoque (Rojas, 1952: 13), y llama al huichol «ese idioma rígido, de sonoridades exóticas» (1952: 33), en tanto que al chinanteco lo describe como «monosilábico» (1952: 48), y al mazahua como «onomatopéyico» (1952: 67). Al describir las reacciones de los pames ante la imagen de La Gioconda, en la voz de una psicoanalista, escribe: «Su pensamiento es tenebroso para el resto de los demás, por contradictorio. El primitivo, como niño, goza sufriendo, ama odiando y ríe gimiendo. Nuestros indios de Nequetejé no podrían escapar a la ley psicológica. El hombre bárbaro contemporáneo nuestro es un racimo de complejos; razona por simple análisis, carece del don de la síntesis, que es el patrimonio de las altas culturas» (1952: 75).
Un atisbo de las técnicas empleadas en las comunidades estudiadas lo ofrece al describir los instrumentos empleados: «Funcionaron entonces nuestros aparatos niquelados; el antropómetro, los compases de Martín, el dinamómetro y la báscula; hubo pruebas sanguíneas y hasta el intento de metabolismo basal». A las danzas del pueblo yaqui las describe como «de primitivo origen, bárbaras y bellas como el ambiente» (Rojas, 1952: 120). A su justicia la encuentra «circundada por una ronda de formulismos y de prejuicios infranqueables» (1952: 120). Finalmente, a una lacandona joven la describe con «su perfil arrogante como un mascarón pétreo de Chichén-Itzá» (1952: 92).
Los cuentos de Francisco Rojas González reunidos en El diosero inspiraron la película Raíces, dirigida por Benito Alazraqui, en la que participan destacados fotógrafos, como Walter Reuter, y se musicaliza con interpretaciones de notables músicos nacionalistas, como Silvestre Revueltas, Blas Galindo, Pablo L. Moncayo y Rodolfo Halfter. La adaptación al cine la realizó un equipo integrado por Carlos Vela, Benito Alazraqui, Manuel Barbachano, J. M. Ascot, Fernando Espejo y M. E. Lazo (Alazraqui, 1954).
La película se compone de cuatro historias, en tres de ellas se toma como base uno de los cuentos de El diosero, y en la cuarta se reúnen dos cuentos. Notable en esta obra cinematográfica es la presencia de actores indígenas, principalmente promotores bilingües de los centros coordinadores indigenistas, junto a actores profesionales. «Las vacas» se escenifica en el Valle del Mezquital, si bien el cuento original, «Las vacas de Quiviquinta», se sitúa entre los coras; en «Nuestra Señora», se reúnen dos de los cuentos, y se sitúa entre dos comunidades tsotsiles de los Altos de Chiapas, Zinacantán y Chamula; «El tuerto» se enmarca entre los mayas yucatecos, si bien el cuento original no tiene una referencia etnográfica específica. Aquí la fotografía de Walter Reuter juega un papel central, al otorgarle al cuento una dimensión plástica notable y dramática. Finalmente, «La potranca» se asienta en una población totonaca de El Tajín, en Veracruz; destaca también la fotografía de W. Reuter. La película alcanzó un éxito notable, fue premiada en varios festivales artísticos, y se exhibió en los cines del ciclo comercial. Sin embargo, está profundamente penetrada por el racismo, evidente en los cuentos de Rojas González, pero también en mucho del nacionalismo mexicano transmitido por los medios de comunicación masiva. En tanto que Juan Pérez Jolote expresa la biografía de un campesino tsotsil que trasciende su filiación étnica y aparece como un personaje impactado por el movimiento revolucionario de comienzos del siglo XX y reivindicado por el levantamiento neozapatista de 1994.
En este texto hemos mostrado la importancia existencial de la experiencia del trabajo de campo en dos escritores nacionales; no conocemos la forma en que hace sus registros Rojas González, aunque es evidente que se nutre de sus experiencias etnográficas, en las que por cierto tiene una amplia experiencia por su participación en el proyecto de los italianos dirigidos por Corrado Gini, y su larga colaboración con Mendizábal, particularmente en el Valle del Mezquital. Sin duda, las narraciones incluidas en El diosero reflejan la diversidad de sus experiencias etnográficas, a diferencia de sus novelas, resultado más de su destreza como escritor.
Por su parte, Ricardo Pozas tiene una formación rigurosa en el registro etnográfico, contenido en su extenso trabajo de campo bajo una perspectiva funcionalista, y sobre todo positivista. Como se advierte en su monografía publicada en 1957, también ilustrada por Alberto Beltrán, no se consignan los nombres de las personas mencionadas, sino solamente las iniciales de sus nombres; el esquema monográfico, un tanto rígido, propone generalizaciones, sin que aparezcan personas específicas. Esta rigidez metodológica no permite abordar biografías específicas, por lo que Pozas tiene que acudir a un recurso también etnográfico, la historia de vida, donde despliega una experiencia etnográfica nutrida de otras experiencias, como las que enfrenta en su trabajo en la región del Soconusco. Sin embargo, Juan Pérez Jolote trasciende el ámbito etnográfico y se convierte en una expresión literaria vívida que revela las condiciones de vida de los pueblos indios, no ya en un discurso técnico que propone generalizaciones, sino en la biografía de un personaje de carne y hueso que muestra las vicisitudes de ser indio en México.
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Cómo citar este artículo:
Medina Hernández, Andrés. (2025). Senderos que se entrecruzan. Literatura y etnografía en dos antropólgos mexicanos. Revista Pueblos y Fronteras Digital, 20, pp. 1-27, doi: https://doi.org/10.22201/cimsur.18704115e.2025.v20.781