REGULARIZACIÓN
DE LA PROPIEDAD EN LA SELVA LACANDONA: CUENTO DE NUNCA ACABAR
GABRIEL ASCENCIO FRANCO
TUXTLA GUTIÉRREZ, UNICACH, 2008
Tim Trench
UNIVERSIDAD AUTÓNOMA CHAPINGO, sede Chiapas
El tema de la regularización de la tierra en la Selva Lacandona,
Chiapas, ha atraído el intenso interés de diversos
actores en años recientes. Organizaciones no gubernamentales,
locales y nacionales, periodistas y hasta organizaciones más
allá de las fronteras de México, han seguido el tema
de cerca desde diversos puntos de vista a lo largo de la última
década. Seguramente, pocos programas de ordenamiento agrario
han recibido tanta atención; aun sin ser un tema normalmente
asociado con las portadas de periódicos nacionales o las
páginas web de grupos simpatizantes con el Ejército
Zapatista de Liberación Nacional, EZLN, en Berlín,
Roma o Barcelona. Este interés se debió a la mezcla
de ingredientes particulares del caso de la Selva Lacandona: un
movimiento armado, una reserva de la biosfera altamente estratégica
y una historia de acciones agrarias incompetentes, contradictorias
y poco justas. Sin embargo, a pesar de todo el interés mostrado,
hasta ahora se había echado en falta un estudio más
riguroso e imparcial del proceso. Con la publicación de
este libro, Gabriel Ascencio logra llenar el considerado hueco
existente en la literatura académica.
Aunque fue imprescindible el seguimiento de la sociedad civil y
la prensa a lo largo de la investigación descrita en el
libro del Dr. Ascencio, también es importante señalar
que dicho seguimiento fue acompañado por un pobre manejo
de la información por parte de varios comentaristas y algunos
periodistas.[1] Muchas
críticas al proceso en su conjunto quedaban
muy vanas al señalar que la Selva Lacandona era una región
muy estratégica y que el programa agrario representaba una
táctica de despojo hacia los pueblos indígenas para
vender a empresas trasnacionales el petróleo, agua y biodiversidad,
presentes en la región. La preocupación es legítima,
pero la complejidad de la situación, junto con la diversidad
de los actores —sobre todo indígenas—, la tensión
entre el derecho agrario y el imperativo de conservar los remanentes
de selva alta perennifolia en la región, desafían
ciertos análisis simplistas.
Es en este contexto, polémico y algo confuso, que Gabriel
Ascencio nos ofrece Regularización de la propiedad en la
Selva Lacandona: Cuento de nunca acabar: libro conciso en el mejor
sentido de la palabra, menos de 200 páginas, muy bien escrito
y de gran relevancia actual.
Para quienes tenemos un particular interés en esta región,
la investigación que llevó a cabo el autor nos sirve
a la hora de despejar muchas dudas sobre el proceso agrario de
los últimos años; dudas sobre la relación
entre lo agrario y lo ambiental, la identidad de los protagonistas,
el dinero invertido, el carácter de las negociaciones, la
superficie afectada, las implicaciones para el manejo sustentable
de la región, los errores cometidos, las lecciones por aprender
y la trascendencia del programa a medio y largo plazo.
La publicación consta de cuatro capítulos: 1. El
contexto regional, 2. Problema agrario y tratamiento del conflicto,
3. Proceso de negociación y resultados, y 4. La trascendencia
del programa. Se enfoca principalmente en el trabajo del «Programa
de Atención Integral a la Comunidad Zona Lacandona y la
Reserva de la Biosfera de Montes Azules», establecido en
junio de 2003, que concluyó operaciones al terminar el último
sexenio a finales de 2006. También el texto nos proporciona
los antecedentes de este Programa: la mesa agraria-ambiental que
se dio durante el gobierno de Roberto Albores Guillén, 1999-2000,
y la mesa ambiental celebrada en los primeros dos años de
la administración del gobernador siguiente, Pablo Salazar
Mendiguchía. Estos espacios iniciales fueron liderados por
el gobierno del estado y SEMARNAT, respectivamente, presentando
alcances muy limitados, así como la constante amenaza de
desalojos violentos y algunas reubicaciones mal pensadas y ejecutadas.
No obstante, la instalación del Programa en junio de 2003
representó un momento significativo. Por fin, parece que
el espíritu de concertación ganó al del autoritarismo
debido a una voluntad política desde arriba, las sinergias
inter-institucionales necesarias para lograr los objetivos estaban
en un principio concertadas, de igual manera había una operadora
con suficiente destreza política —y paciencia— para
negociar soluciones pacíficamente desde la propias comunidades.
Otro factor clave fue el financiero, ya que el Programa disponía
de suficientes fondos para poder «resolver» el problema,
además se inscribió en la metodología establecida
por la Secretaría de la Reforma Agraria, SRA, para enfrentar
los focos rojos agrarios en todo el ámbito nacional, donde
se enfatizaba la sensibilización, la concertación
y conciliación, y la firma progresiva de acuerdos.
En la opinión del autor:
Se trata de una intervención gubernamental atinada, cuyos
agentes dispusieron del instrumento de trabajo adecuado y las condiciones
burocrático-administrativas pertinentes, además del
conocimiento de la problemática ganado en años de
contacto y participación en ella desde la trinchera gubernamental,
desde el ámbito del sector agrario federal y de la SRA
en particular (p. 70).
Es importante enfatizar que el nuevo programa
fue coordinado por la Secretaría de la Reforma Agraria; esto porque el problema
de la tenencia de la tierra en la selva no es una cuestión
ambiental, aunque tenga impactos ambientales, sino agraria; no
es ilegal habitar dentro de la reserva siempre y cuando se respete
la zonificación y el programa de manejo, pero un predio
no puede tener dos dueños. Para bien o para mal, 72% de
la Reserva de la Biosfera de Montes Azules, RBMA, corresponde a
la Comunidad Lacandona. Sin embargo, desde su decreto en 1972 han
existido áreas dentro de la Comunidad Lacandona con dos «dueños»,
Uno de jure —la Comunidad Lacandona— y otro de facto —los
diversos propietarios-ejidatarios—, causando un sinfín
de conflictos territoriales que se han intensificado con la dinámica
demográfica regional, con la contrarreforma agraria de 1992
y con la vigorosa organización política de múltiples
expresiones en el encuadre geográfico de estudio.
Vale la pena compartir algunos rasgos y datos generales del Programa,
que se encuentran en el libro, para ir dimensionándolo.
En poco más de tres años dicho Programa gastó en
total $580,000,000 de pesos en 4,135 beneficiarios, de los cuales
1,678 correspondían a comuneros de los Comunidad Zona
Lacandona, CZL. Cabe señalar que esta cantidad representa
más
que la inversión total de PRODESIS[2] en
la región.
De las 141,092 hectáreas «regularizadas» hasta
octubre 2006, solo 5% fue recuperado a través de desocupaciones
o reubicaciones En cambio, de esta superficie 66% resultó regularizada
a través de la expropiación de tierras de la CZL
y la legalización de los poblados existentes. Estos datos
contrastan con la versión expuesta en muchas otras fuentes.
Ahora es importante reconocer que la Comunidad Lacandona recibió en
total $465,000,000 de pesos como indemnización por pérdida
de territorio; es decir, casi 80% del dinero disponible para
el Programa. Este hecho no recibe tanta reflexión en el
libro, cuando resulta ser uno de los resultados más cuestionables
del proceso.
El autor considera que muchas de las negociaciones fueron «auténticas»,
en el sentido de que algunos de sus participantes pudieron incidir
en los términos de su reubicación o desalojo y en
las indemnizaciones que recibieron por perder su territorio. El
libro demuestra no solo cómo la Comunidad Lacandona logró aumentar
el precio de las tierras expropiadas —de $4,500 a $10,000
por hectárea—, también cómo algunos
de los poblados que acordaron desocupar sus predios dentro de la
CZL asimismo lograron conseguir mayores compensaciones. Llama la
atención, por ejemplo, el caso de Ojo de Agua El Progreso,
en donde los pobladores choles lograron una compensación
de $280,410 por familia en vez de $30,000 que se les ofreció inicialmente.
En total, las 73 familias beneficiadas recibieron un monto de $20,470,000
por las 2,047 hectáreas que desocuparon, con el que compraron
después un terreno en Balancán, Tabasco.
Sin embargo, a pesar de un comienzo auspicioso, el autor nos explica
a detalle por qué el proceso se desvirtuó en el último
año de su operación, debido a las características
prisas sexenales, el cambio de personal clave y la ausencia de
procesos de autoevaluación. El libro detalla cuidadosamente
cómo el Programa cayó en viejas prácticas
clientelares, con resultados bastantes perversos, debido a la premura
que tenían diversos actores por «terminar» el
proceso antes de diciembre de 2006. Estas relaciones clientelares
se manifestaron en el caso de la Comunidad Lacandona —que
recibió un trato indiscutiblemente preferencial durante
todo el proceso— y de igual manera en el caso de otros poblados.
Como ejemplo absurdo de esta dinámica, el autor nos cuenta
la historia de la reubicación de Nuevo Magdalena, constituido
por varios poblados irregulares, en donde SRA atendió la
demanda de los futuros beneficiarios otorgando dos balones marca
Voit, ocho uniformes de básquet color azul e igual número
de pares de tenis, además de pedir que fueran llevados a
Tuxtla Gutiérrez para asistir a las fiestas del 15 de septiembre
(p. 104).
Aunque las reubicaciones no representaron el eje primordial del
Programa —ni en términos del dinero dedicado a ellas
ni en el número de beneficiarios— fueron sin duda
la parte más visible del mismo. Así, el autor nos
ofrece una evaluación de esta parte de la estrategia, dedicando
veinte páginas a los casos de tres nuevos asentamientos
creados por el mismo Programa: Santa Martha, Nuevo Magdalena, Nuevo
Montes Azules. Si el primero se constituyó como «modelo»,
el caso de Nuevo Montes Azules sirvió de lección
en el sentido de cómo no se debe llevar a cabo una reubicación,
y esperemos que al menos nos dé las pautas para evitar más
desastres sociales de estas características en el futuro.
En este particular la reiterada falta de coordinación entre
las dependencias gubernamentales encargadas del «desarrollo» del
nuevo poblado significó que, por un lado, muchos regresaran
a su lugar de origen y, por el otro, que la gente se volviera totalmente
dependiente de los apoyos gubernamentales.
Con respecto a las fuentes que empleó el autor, queda claro
que tenía acceso privilegiado a los documentos no publicados
de SRA y de los actores claves del Grupo Operativo de Trabajo,
GOT, del Programa en Tuxtla Gutiérrez. Se aprecia que tuvo
la oportunidad de acompañar al personal del Programa en
varias ocasiones, así pudo observar de cerca los procesos
de concertación y negociación en las comunidades
y en la capital. También, la posibilidad de hacer trabajo
de campo independiente para verificar los hechos en el terreno
incrementa el valor de la publicación. Todos estos elementos
confieren bastante autoridad a la versión de los acontecimientos
que nos comparte el autor.
Sin embargo, caben señalar algunas ausencias en la investigación,
aspectos que podrían haber sido incluidos para enriquecer
nuestra visión ante el problema planteado. Por ejemplo,
las comunidades que se negaron a dialogar con el gobierno no están
incluidas en este estudio, y desconocemos sus perspectivas y razones
por las que rechazaron la oferta institucional. A veces, al depender
tanto de las fuentes oficiales, surge la duda de que en ocasiones
el texto podría estar reproduciendo algunos sesgos y juicios
de valor del personal de SRA en su interpretación del proceso.
Todos reconocemos que los informes de avances de las Secretarías
a veces no reconocen la complejidad social del campo de acción,
enfatizando más los supuestos avances que los obstáculos
encontrados con el afán de asegurar el cumplimiento de los
objetivos ya establecidos.
En otro sentido, surge la duda de que el libro tal vez reproduzca
algunos de estos sesgos o puntos ciegos del Programa en su interpretación
de los hechos. Un ejemplo sería la falta de atención
a 28% de RBMA, que queda fuera de CZL y se ubica en la región
de Laguna Miramar. Por ejemplo, en el Cuadro 15 del libro (p. 156),
solo se identifica un predio irregular que se encuentra en RBMA
pero fuera de CZL. De hecho, existen al menos seis poblados irregulares
en esta región —cuatro de ellos dentro de la zona
núcleo que ahora es zona federal, después de la expropiación
de 22,000 ha de terrenos nacionales; y dos fuera de ella—.
Aunque se mencionan los nombres de estas comunidades, en el contexto
de la expropiación llama la atención que hayan quedado
fuera de las prioridades actuales; me refiero a Benito Juárez,
Chumcerro La Laguna, Nuevo Villaflores, Ojo de Agua La Pimienta,
Nuevo Aguadulce y Nuevo Limar.
Otra ambigüedad que el libro presenta es la malentendida pero
importante diferencia entre el polígono original de CZL,
plasmado en el decreto de 1972, correspondiente a 614,321 ha, y
el plano definitivo establecido con la ejecución del decreto
de 1988, que cuenta con una superficie menor de 501,106 ha. Aunque
en el libro nos dice que en febrero 2005 el GOT logró establecer
que los participantes en las negociaciones iban a tomar estos once
polígonos como la base para la negociación (p. 132),
en los cuadros y algunos de los mapas del libro se sigue manejando
la cifra 614,321 ha y el polígono original.
Tal vez para no aventurarse o no abrir demasiado el universo de
estudio, a veces el autor deja las explicaciones de los hechos
en un primer nivel; es decir, explica los procesos con base en
las realidades regionales y en ocasiones con las nacionales, pero
no arriesga una explicación más allá de ello
que señale tendencias internacionales o procesos similares
en otras partes del país. Tampoco enfrenta, por ejemplo,
la acusación frecuente de que este programa de regularización
agraria sirvió a los intereses del capital trasnacional
y responde a las exigencias de instituciones internacionales. Quizá un
análisis de este tipo sea pedir demasiado, o posiblemente
para el autor estas interpretaciones de los hechos no fueron sustantivas
para el estudio que presenta.
No obstante de las acertadas críticas al Programa, Gabriel
Ascencio muestra una opinión generalmente positiva del proceso
que cubre el libro, viéndolo como un «esfuerzo organizativo» orientado
a «ganar gobernabilidad, alcanzar la estabilidad requerida
como plataforma para el cambio productivo local necesario en el
entorno de las exigencias ambientales vigentes y de justicia social
urgentes» (p.141). En este sentido, Ascencio Franco reconoce
la eficacia del Programa y la capacidad del sector agrario para
encontrar soluciones y alcanzar los objetivos planteados, invitando
a éste concluir la tarea en la región.
Desafortunadamente, el Programa se cerró en diciembre 2006
sin terminar su trabajo, y todavía hay casos pendientes,
sobre todo en la zona núcleo de la Reserva y en dos poblados
situados en la cuenca del Río Negro. Sólo ahora estamos
viendo las repercusiones sociales de las dos expropiaciones a favor
de SEMARNAT —la zona núcleo de la Reserva y el predio
Las Estrellas—, además la falta de definición
en torno a estos decretos amenaza con descomponer la poca confianza
que se había logrado en la región de Las Cañadas.
Se añaden los torpes desalojos efectuados en agosto de 2007
en Buen Samaritano, Nuevo Salvador Allende y El Innominado, mismos
que parecen señalar un regreso a la política autoritaria
de sexenios anteriores.
Es importante mantenernos alerta ahora que el gobierno del estado
ha tomado de nuevo el control del proceso. Efectivamente, el cuento
no se ha acabado.
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