LA
DIMENSIÓN INSTITUCIONAL DEL COMPORTAMIENTO EMPRESARIAL
Federico Morales Barragán
PROIMMSE-IIA
UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO
RESUMEN
En el artículo se plantea que el debate latinoamericano
dedicado al desarrollo local se enriquece mediante la incorporación
del análisis institucional del comportamiento empresarial,
el cual tiene una larga tradición en las ciencias sociales.
En particular se sugiere estudiar aquél a partir de las
reglas, normas, concepciones o significados, revelados en la actuación
observable de los empresarios. En correspondencia con esta perspectiva,
se propone una guía de observación para obtener datos
de dicho comportamiento.
Palabras clave: comportamiento empresarial, instituciones, desarrollo
local.
ABSTRACT
This article proposes that the Latin American debate on local
development can be enriched by incorporating an institutional
analysis of business performance, something that has a long
tradition in social sciences. In particular, the author suggests
conducting
such an analysis on the basis of rules, norms, conceptions
and meanings revealed in the observable actions of entrepreneurs.
In line with this perspective, an observation guide for obtaining
data on this type of performance is suggested.
Key words: business performance, institutions, local development.
INTRODUCCIÓN
El estudio de la dimensión institucional del comportamiento
empresarial y su relación con el desarrollo local en América
Latina ha estado influenciado, en los últimos años,
por contribuciones que subrayan el valor de los ambientes o entornos
que propician la comunicación y la colaboración
entre diferentes tipos de actores vinculados con un territorio.
Dichas contribuciones han desplegado sus argumentos mediante
el uso de conceptos tales como sistema productivo territorial
(Bramanti y Maggione 1997, Maillat y Kebir 1998); medio innovador
(Maillat 1996, Ratti et al. 1997); distrito industrial (Cossentino
et al. 1996, Belussi y Gottardi 2000), y sistema agroalimentario
localizado (Boucher y Del Pozo 2000, Boucher et al. 2003).
Como resultado de aquella influencia, diversas localidades
y regiones latinoamericanas se han estudiado desde una perspectiva
orientada, casi exclusivamente, a identificar cómo se
pueden establecer, o han erigido, aquellas condiciones de comunicación
y colaboración (Helmsing 2001, Llorens et al. 2002).
Los doce casos estudiados en este
documento no proporcionan evidencia concluyente acerca de nuevas
tendencias
en la práctica de
la planeación local y regional en América Latina.
Sin embargo, estos proporcionan indicios de un «nuevo institucionalismo» emergente
... Las nuevas prácticas buscan dar forma a nuevas modalidades
de cooperación público-privada, mediante redes tanto
horizontales como verticales. La cooperación público-privada
se centra en la creación de meso-instituciones a nivel del
territorio y la industria. Ellas involucran una variedad de procesos
de aprendizaje, que en algunos casos es más restringido
pero en otros alcanza el estado de un «medio innovador» (Helmsing
2001: 13).
En estudios como el recién citado se sugiere, muchas veces
de manera implícita, la existencia de un camino único
para promover el desarrollo local, el cual se delinea mediante
el uso de los conceptos a los que se ha hecho referencia. Esto
es, las condiciones institucionales presentes en las localidades
y regiones bajo estudio se muestran como anomalías de una
forma genérica construida al margen de valoraciones institucionales
precisas, o bien, como ejemplos de prácticas que se aproximan
a aquella forma, lo cual parece garantizar su viabilidad.
En contraste, una consideración detallada de las condiciones
institucionales de las localidades y regiones bajo estudio revelaría
las modalidades posibles de la colaboración, o bien, contribuiría
a explicar los elementos específicos que la han hecho posible.
Muchas veces pasa desapercibido que el uso de conceptos tales como
sistema productivo territorial, medio innovador, distrito industrial
y sistema agroalimentario localizado, ha permitido mostrar el arraigo
social y carácter específico de los mecanismos institucionales
que propician la colaboración entre diversos actores. Tal
es el caso, por ejemplo, de los mecanismos diseñados para
estimular el desarrollo de innovaciones en formas de organización
económica y social como son los distritos industriales italianos
(Morales 2005).
La pertinencia de conceptos tales como sistema productivo territorial,
medio innovador, distrito industrial y sistema agroalimentario
localizado obedece, precisamente, a su acotamiento espacial y temporal,
esto es, a la valoración que con base en éstos se
ha hecho de diversos territorios y sus mecanismos institucionales.
Es importante
comprender que la necesidad de establecer límites
históricos y geográficos a los estudios del comportamiento
empresarial no significa sugerir que la teoría es en sí misma
irrelevante o inútil; historia y teoría no son antitéticas.
Más bien, se plantea que tiempo y geografía frecuentemente
actúan como delimitaciones fundamentales que necesitan tomarse
en cuenta para desarrollar generalizaciones más útiles
acerca del comportamiento empresarial (Jones y Wadhwani 2006:
22).
El problema recién expuesto ofrece una motivación
para argumentar a favor de revalorar el análisis institucional
del comportamiento empresarial en los estudios latinoamericanos
dedicados al desarrollo local. Esta cuestión se aborda aquí en
dos secciones, primero se recuperan contribuciones de las ciencias
sociales que hacen patente el sentido de estudiar la dimensión
histórica institucional del comportamiento empresarial;
luego se cuestiona la acepción de contexto que frecuentemente
se utiliza para estudiar las instituciones y se propone, más
bien, aproximarse a ellas en términos de las reglas, normas,
concepciones o significados que se manifiestan en el comportamiento
observable de los empresarios. Acorde con esta perspectiva, por último
se plantea un esquema o guía de observación para
obtener datos de dicho comportamiento.
CONTRIBUCIONES DE LAS CIENCIAS SOCIALES
ACERCA DEL COMPORTAMIENTO EMPRESARIAL
En las dos últimas décadas se ha manifestado un
renovado interés por las ideas de Joseph Schumpeter que
incluso ha conducido al establecimiento de una asociación
internacional que lleva su nombre (Hodgson 2005). Paradójicamente,
solo unos cuantos estudiosos del comportamiento empresarial hacen
uso explícito de sus ideas y aún es menor el número
de ellos que se refiere a Schumpeter para analizar el proceso
de creación de nuevas empresas. Al respecto, son reveladores
algunos resultados de la indagación llevada a cabo
por Aldrich para el periodo comprendido entre 1980 y 2004:
... en las cinco revistas más importantes dedicadas a la
teoría de la organización, hubo 274 menciones del
término empresario, pero solo 14 por ciento presentaron
co-ocurrencia de los términos empresario y Schumpeter. [De
este universo] solo 9 artículos se ocuparon del establecimiento
de nuevas empresas ... En las tres revistas más importantes
de sociología, Schumpeter fue mencionado en 72 artículos
en una amplia variedad de contextos. Empresario se mencionó 94
veces. Solo 10 por ciento de [aquellos artículos] presentó la
ocurrencia conjunta de Schumpeter y empresario. De estos, solo
dos trataron el asunto de la creación de nuevas empresas
(Aldrich 2005: 455, itálicas en el original).
Los resultados anteriores son de interés porque hacen evidente
el conocimiento limitado que se tiene de la obra de un autor muchas
veces aludido en los estudios sobre el comportamiento empresarial,
más aún en los que relacionan este tema con el desarrollo
local. No es extraño, por ello, que en general se desconozcan
las perspectivas diferentes planteadas por el propio Schumpeter
en relación con ese tema. Aldrich (2005) comenta que los
escritos de Schumpeter publicados en 1912 y 1928 muestran dos perspectivas
distintas de su reflexión acerca de los empresarios. En
el primero, cuyo contenido es más conocido, el énfasis
se encuentra en las características personales de los empresarios,
a quienes se les atribuyen enormes poderes de liderazgo. En cambio,
el texto de 1928 se ocupa de la función empresarial, no
de la persona que lleva a cabo ésta. La despersonalización
de la concepción implica, en esta última perspectiva,
que el comportamiento empresarial no puede entenderse al margen
de su contexto histórico específico y sus instituciones. «Schumpeter
argumentó que el comportamiento empresarial debe ser colocado
en su contexto social e histórico ... En esta visión
despersonalizada, la clave se encuentra en la actividad colectiva
de muchas personas, actuando dentro de una época histórica,
no en las acciones de individuos particulares» (Aldrich 2005:
455).
Una opinión del propio Schumpeter apunta:
Personalmente creo que existe
un incesante intercambio entre el análisis histórico y el teórico y que, aunque
para la investigación de cuestiones particulares puede ser
necesario atender momentáneamente uno solo de éstos,
ninguno de los dos debería de perder de vista la contribución
del otro ... En consecuencia nosotros deberíamos
formular nuestra tarea como un intento por escribir una
historia exhaustiva
del comportamiento empresarial (Schumpeter 1949, en Jones
y Wadhwani 2006: 7).
El señalamiento de Schumpeter coincide con la opinión
expresada por Baumol respecto de la especificidad histórica
de las instituciones y el efecto que estas ejercen en el comportamiento
de los empresarios. «En la medida que las reglas del juego
cambian muy lentamente ... el estudio de casos para investigar
mis hipótesis me conduce inevitablemente a ejemplos que
se distribuyen a lo largo de distintos periodos y abarcan diferentes
culturas y ubicaciones» (Baumol 1990, en Jones y Wadhwani
2006: 23).
Una orientación similar a la de Baumol y Schumpeter, en
el texto de 1928, se encuentra presente en autores que formaron
parte de la Escuela histórica alemana y plantearon problemas
relevantes para el análisis social.
Krabbe (1996) ofrece una documentada revisión de las tradiciones
historicista y organicista en la evolución del pensamiento
económico, misma que, por supuesto, hace una amplia referencia
a miembros y seguidores de la Escuela histórica alemana.
Enseguida una cita extensa que ubica la importancia de considerar
las contribuciones de algunos autores de esta escuela en la discusión
en torno al comportamiento empresarial y su dimensión institucional.
Durante el siglo diecinueve, el
planteamiento de Adam Smith sobre el laissez faire, «no intervención del gobierno»,
completó su marcha triunfal por todo el mundo. En Alemania
en particular, la población estaba buscando formas más
refinadas de pensamiento que pudieran tener mayor sintonía
con la realidad económica y los problemas de actualidad
de la política económica ... En respuesta a las opiniones
prevalecientes aparecieron los trabajos de Wilhelm Roscher, Karl
Knies y Bruno Hildebrand, fundadores de la Escuela Histórica.
A diferencia de Karl Marx, ellos no rechazaron radicalmente la
visión optimista de la visión económica liberal
de la Escuela Clásica. Más bien, relativizaron el
modelo Clásico y centraron sus críticas en los siguientes
puntos. Un enfoque Clásico, como el de David Ricardo, fue
considerado marcadamente individualista y legitimador de efectos
objetables del egoísmo personal. Además, creyeron
que la teoría Clásica reivindicaba erróneamente
ser aplicable a todas las etapas del desarrollo económico.
La Escuela Histórica intentó evitar tales carencias
utilizando una metodología que fue, al menos parcialmente, «organicista» (Krabbe
1996: 1, itálicas en el original).
El rechazo a la pretendida universalidad
de las proposiciones del pensamiento clásico condujo a los autores de la Escuela
histórica alemana a centrar su atención en los vínculos
continuamente cambiantes que se establecen entre los individuos
y la sociedad, así como en sus mutuas determinaciones. En
ese sentido, destaca que la mayoría de sus miembros sostiene
que la economía debe centrarse en el estudio del «es» más
que en el del «deber ser» (Krabbe 1996: 18). Explicar
por qué suceden las cosas y no cómo deberían
ser establece una perspectiva cuyas valoraciones corresponden,
necesariamente, a contextos históricos específicos.
Para nosotros la historia no es
un medio, sino el objeto de nuestras investigaciones ... en nuestra
teoría nosotros desistimos
de la elaboración de ideales. En cambio, nosotros intentamos
descripciones simples, primero de la naturaleza y necesidades de
las personas, en segundo lugar de las leyes e instituciones [referidas]
a las últimas, y finalmente del éxito mayor o menor
que se haya logrado a través de estas leyes
e instituciones (Roscher 1849, en Hodgson 2001: 59).
Según Hodgson (2001), opiniones como las anteriores sugieren
un rechazo de teorías universales en favor de teorías
particulares basadas en descripciones de fenómenos específicos,
sin embargo, más allá de la discusión acerca
de los insumos teóricos y conceptuales que requieren tales
descripciones, el mérito de aquellas opiniones es el de
apreciar el estudio de las instituciones económicas específicas,
en vez de intentar construir explicaciones sobre la base de proposiciones
pretendidamente universales.
Knies, al igual que Roscher (Krabbe 1996), considera que la teoría
de David Ricardo solo puede aplicarse a ciertas etapas del desarrollo
social y señala, también, que junto a la teoría
económica existe la «praxis» científica,
esto es, el investigador orienta su actividad a la búsqueda
tanto de analogías como de rasgos particulares en las situaciones
bajo estudio. En ese sentido, Knies plantea complementar la perspectiva
deductiva del análisis clásico con un enfoque inductivo
para así dar una base empírica a la teoría. «Desde
cualquier punto de vista que se considere la teoría económica,
es una condición indispensable que esta se base en hechos
históricos a través de los cuales dicha teoría
pueda ser determinada sin entrar en conflicto con cualquier tipo
de veracidad» (Knies 1853, en Krabbe 1996: 29).
El enfoque sugerido por los miembros de la Escuela histórica
alemana muestra claramente una concepción más amplia
de los fenómenos económicos, la cual incorpora explícitamente
su dimensión institucional. En Schmoller, por ejemplo, el
sistema económico es visto como un sistema compuesto por
tres subsistemas articulados, lo cual pone de manifiesto su concepción
organicista de aquél. El sistema mental o ámbito
de las decisiones está compuesto por los subsistemas ético,
de las instituciones y de los institutos; el sistema tecnológico
se integra por dos subsistemas, uno referido al conocimiento básico
y otro al aplicado; finalmente el sistema del capital y la naturaleza
está integrado por el subsistema de la maquinaria y el de
los artefactos y la geografía (Krabbe 1996: 66).
Respecto del primer sistema, Schmoller considera que las instituciones
son factores parciales del orden social que se manifiestan en costumbres,
reglas y leyes. En cuanto a la distinción entre las instituciones
y los institutos, este autor opina que las primeras remiten a ideas
tales como la propiedad, el matrimonio, la esclavitud, mientras
que los institutos representan la contraparte empírica de
dichas ideas: si el matrimonio es una institución, la familia
es entonces un instituto; una compañía o empresa
cualquiera es un instituto y representa la contraparte empírica
de la institución empresa privada. Concebidos así,
tanto las instituciones como los institutos corresponden, necesariamente,
a etapas particulares del desarrollo económico (Krabbe 1996:
61, 65).
Como lo revelan las opiniones de los miembros de la Escuela histórica
alemana citados con anterioridad, resulta sumamente limitado estudiar
cualquier tipo de proceso económico sin considerar sus condiciones
históricas y por tanto sus trasformaciones institucionales.
Esta misma perspectiva ha sido compartida a lo largo de varias
décadas por diversos autores interesados en el estudio del
comportamiento empresarial. Stinchcombe expresa enfáticamente
dicha posición al señalar que «... las personas
construyen organizaciones que son culturalmente enraizadas e históricamente
específicas, lo que refleja las condiciones sociales de
una coyuntura histórica particular» (Stinchcombe 1965,
en Aldrich 2005: 451).
Jones y Wadhwani (2006) también insisten en la importancia
de elaborar estudios del comportamiento empresarial recuperando
la dimensión histórica de éste. Su argumentación
se desarrolla con base en el comentario de tres aspectos específicos:
en primer lugar, estos autores subrayan que omitir el estudio del
contexto histórico puede conducir a dos tipos de interpretaciones
falaces, la más común de éstas se expresa
en la generalización arbitraria de explicaciones, en las
que se omite cualquier consideración de índole espacial
y temporal. Con base en un estudio desarrollado por Kilby (1971)
en la zona occidental de África, Jones y Wadhwani ponen
de relieve el distinto significado que puede otorgarse al término
comportamiento empresarial. En particular, señalan que los
hallazgos de Kilby hacen patente las limitaciones de la explicación
neoclásica al respecto. En los países subdesarrollados,
los recursos necesarios para establecer nuevas empresas no están
disponibles mediante mecanismos arquetípicos de mercado,
muchas veces tales recursos deben construirse, y en consecuencia
estas actividades, que rebasan las tareas de identificación
y adquisición de recursos, deben ser consideradas como parte
de la actividad empresarial.
Otra posibilidad de incurrir en interpretaciones falaces se manifiesta
en opiniones que plantean la necesidad de nuevas bases del análisis
social para explicar rasgos considerados inéditos en las
formas de organización contemporánea. Un ejemplo
de ello es la referencia a la proliferación de empresas
que «nacen globales» y la supuesta necesidad de nuevas
teorías para su comprensión.
Estas formas de organización basadas en relaciones reticulares
no son en realidad nuevas. Mientras que la mayoría de las
empresas de los Estados Unidos se han expandido hacia el exterior
de manera paulatina, la estrategia de «nacer global» estaba
presente en muchas experiencias empresariales en el siglo diecinueve.
En la víspera de la Primera Guerra Mundial, por ejemplo,
existieron cientos de compañías británicas
que «nacieron globales» y operaron exclusivamente en
países extranjeros basadas en sus relaciones con otras empresas.
Patrones similares existieron para compañías de muchos
países pequeños con mercados locales limitados (Wilkins & Schroter
1998, en Jones y Wadhwani 2006: 19-20).
Estos autores consideran, con base en el
ejemplo anterior, que el conocimiento de la evolución histórica del comportamiento
empresarial debería conducir a indagar no sobre la supuesta
novedad o carácter inédito de la estrategia de las
empresas estadounidenses de «nacer globales», sino
sobre las razones que propiciaron el cambio en su modalidad de
internacionalización.
Un aspecto adicional considerado por Jones y Wadhwani se refiere
a la influencia que ejerce la sucesión de cambios históricos
en el comportamiento de los empresarios. Es decir, no solo importa
considerar los distintos rasgos que caracterizan los contextos
históricos sino también la trayectoria mediante la
cual se configuran estos últimos.
A pesar de que las perspectivas evolucionistas del análisis
económico han desarrollado métodos para valorar la
dependencia respecto de la trayectoria de sucesos (Malerba et al.
2001, entre otros), esta cuestión no ha sido apreciada suficientemente
por quienes estudian los procesos de creación de nuevas
empresas.
En las últimas dos décadas se ha prestado cada vez
menos atención a comprender el contexto histórico
del comportamiento empresarial, el asunto resulta asombroso si
se toma en cuenta la posición ampliamente difundida en la
literatura teórica respecto de la importancia de comprender
las necesidades de las iniciativas empresariales como un proceso
dinámico operando en contextos específicos (Jones
y Wadhwani 2006: 14, itálicas en el original).
Según Jones y Wadhwani esta omisión obedece al supuesto,
poco fundamentado, de que las empresas establecidas o consolidadas
están más expuestas a la influencia de la trayectoria
de sucesos. Como ellos mismos señalan, la identificación
de nuevas oportunidades y la comprensión de sus condiciones
de éxito o fracaso son aspectos que forman parte de un proceso
difícilmente aprensible mediante la sola valoración
de acontecimiento ubicados en el presente.
Finalmente, Jones y Wadhwani (2006) mencionan que la comprensión
de otros factores históricos presentes en la actividad empresarial,
más allá del ámbito de la elecciones que hacen
los empresarios a lo largo del tiempo, requiere del aporte de quienes
asumen la perspectiva del institucionalismo histórico.
[Este] tiende a centrar más su atención en el estudio
de cómo se forman las reglas que frecuentemente están
enraizadas en estructuras sociales históricas que no son
fácilmente identificables cuando uno sólo dirige
su atención al proceso de elección de los agentes
... A pesar de la prevalencia del «institucionalismo histórico» en
las corrientes actualmente dominantes de las ciencias sociales,
ha habido relativamente poco trabajo en esta vertiente por parte
de los científicos sociales interesados
en el tema del comportamiento empresarial (Jones
y Wadhwani 2006: 26-27).
Como ha podido apreciarse en esta sección, la valoración
histórica y por tanto institucional del comportamiento empresarial
constituye una preocupación de larga data en el análisis
social. Enseguida se aborda un problema específico de aquélla,
el cual tiene que ver con el papel de las instituciones en el proceso
de creación de las empresas.
INSTITUCIONES Y CREACIÓN DE EMPRESAS:
CONSIDERACIONES EN TORNO A UN MARCO DE INTERPRETACIÓN
El rasgo distintivo del comportamiento empresarial es todavía
objeto de debate (Aldrich 2005). Algunos consideran que la función
más relevante de los empresarios se refiere a la posibilidad
de introducir innovaciones; otros mencionan la capacidad de identificar
oportunidades u opciones de negocios; también existen opiniones,
como la de Gartner, que asocian el comportamiento empresarial a
la creación de empresas. «[El] comportamiento empresarial
debe ser estudiado concentrándose en el comportamiento y
actividades de las personas tratando de crear empresas, más
que en sus estados psicológicos y características
personales» (Gartner 1988, en Aldrich
2005: 457).
En la discusión que sigue se adopta esta última perspectiva
y se reflexiona en torno al papel que juegan las instituciones
en el proceso de creación de las empresas; en particular,
se cuestiona la acepción de contexto que frecuentemente
se utiliza para estudiar la dimensión institucional del
comportamiento empresarial y más bien se propone aproximarse
a ésta en términos de las reglas, normas, concepciones
o significados que se manifiestan en el comportamiento observable
de los empresarios. Acorde con dicha perspectiva se plantea un
esquema o guía de observación
para obtener datos de tal comportamiento,
esquema construido con base en orientaciones
compartidas por Scott (2001) y Meriggi
y Rossi (s/a).[1]
Bajo el entendido de que resulta limitado
analizar el comportamiento empresarial
al margen de sus condiciones histórico institucionales,
la incorporación de estas en el mencionado análisis
exige hacer explícita la concepción
de las instituciones que se utiliza.
De acuerdo con Scott (2001), las instituciones
son estructuras sociales construidas por
tres tipos de sistemas: los de regulación,
los normativos, y los culturales-cognitivos. Según este
autor, dichos sistemas han sido considerados por los investigadores
sociales, independientemente de sus enfoques particulares, como
los ingredientes fundamentales o los pilares de las instituciones.
Estos pilares se encuentran, a su vez, insertos en mecanismos de
trasmisión constituidos por sistemas simbólicos,
sistemas relacionales, rutinas y cierto tipo de artefactos. La
consideración conjunta de los pilares de las instituciones
como sus mecanismos de trasmisión permite generar una clasificación
de estos últimos, como la que se aprecia en la tabla siguiente.

La distinción entre los pilares institucionales expuestos
en la tabla resulta necesaria, pero no niega la estrecha relación
que existe entre los tres tipos de sistemas que constituyen aquéllos
ni su retroalimentación con el comportamiento social, pues
como señala Scott, «[las] reglas, normas y significados
surgen en la interacción, y ellos son preservados y modificados
por el comportamiento humano» (Scott 2001: 49).
La concepción de las instituciones como estructuras sociales
de regulación subraya la restricción que estas ejercen
sobre el comportamiento humano; en cambio, la dimensión
normativa de las instituciones pone de relieve que las normas no
solo limitan el comportamiento social sino también lo hacen
posible y lo fortalecen. En este sentido, como subraya Hodgson
(2001), las instituciones restringen o limitan las actividades
de las personas, y también promueven la adopción
de nuevos comportamientos. En cuanto al componente cultural-cognitivo
de las instituciones, este es sintetizado claramente por Berger
y Kellner: «[c]ada institución humana es, como sea,
una sedimentación de significados o, para variar la imagen,
una cristalización de significados en forma objetiva» (1981:
31, en Scott 2001: 57). O bien, como señala el propio Scott
haciendo referencia a quienes postulan un enfoque cultural-cognitivo, «...
la conformidad ocurre en muchas circunstancias porque otros tipos
de comportamiento son inconcebibles; las rutinas se siguen porque
se da por sentado que “es la forma en que nosotros hacemos
estas cosas”» (Scott 2001: 57).
Respecto de los mecanismos de trasmisión, los elementos
ubicados en las casillas de la Tabla 1 constituyen formas evidentes
de su expresión, por ello, su significado específico
no requiere mayor aclaración, salvo el sentido que se da
al término «isomorfismo estructural». En este
contexto, dicho término se refiere al hecho de que muchas
formas de relación son compartidas ampliamente por múltiples
organizaciones, dicho de otro modo, las formas son similares en
una gran variedad de ámbitos organizativos.
El marco conceptual anterior, que integra los sistemas de regulación,
los normativos y los culturales-cognitivos con los mecanismos de
trasmisión mediante los cuales se expresan aquéllos,
esclarece la afirmación, ya habitual, de que una organización
está profundamente incrustada en un ambiente institucional,
pues evidencia que
[una] organización está apoyada y constreñida
por fuerzas institucionales [e] incorpora dentro de sus propios
límites una multitud de características institucionalizadas,
bajo la forma de culturas, sistemas relacionales, rutinas y artefactos.
[De ahí] que es apropiado hablar del grado en que los componentes
o características organizacionales están
institucionalizados (Scott 2001: 82).
Los elementos de la tabla anterior establecen
un marco de referencia útil
para valorar el papel de las instituciones en el proceso de creación
de las empresas. Sin embargo, dichos elementos pueden ser utilizados
bajo dos ópticas distintas: una que los entiende como el
contexto donde ocurren las relaciones sociales y subraya entonces
la determinación o influencia que ejercen las instituciones
en el comportamiento de las personas; y otra en la que no se privilegia
ninguna de las influencias y por tanto se busca indagar la mutua
relación entre las instituciones y el comportamiento humano.
Esta perspectiva, como se ha visto en la sección precedente,
ha estado presente desde hace muchos años en las discusiones
referidas al comportamiento empresarial.
Una implicación metodológica de la perspectiva señalada
es que las instituciones no se conciben como un elemento yuxtapuesto
al comportamiento empresarial, es decir, si aquellas son vistas
como un marco de referencia o contexto, el problema metodológico
se plantea en términos de cómo integrar éste
en la valoración del comportamiento de los empresarios.
Así es, por ejemplo, la orientación que asumen algunos
autores adscritos al análisis neoinstitucional convencional
(Williamson 1999, Furubotn y Richter 2000, entre otros).
En la visión que sostiene la necesidad de valorar las
influencias mutuas entre individuos e instituciones, dichas influencias
aparecen
como una parte constitutiva de cualquier relación
social, no como un componente yuxtapuesto.[2]
Meriggi y Rossi (s/a) plantean una orientación clave para
instrumentar el enfoque precedente al afirmar
que el comportamiento observable de los empresarios revela los
rasgos del contexto social
donde aquél se sitúa.[3] Esto
es, a diferencia de una estrategia de análisis
que parte primero de identificar las virtudes
o carencias
de un contexto institucional con base
en los rasgos de un tipo ideal de este último,
y luego supone la forma en que dichos rasgos
afectan el comportamiento empresarial;
la estrategia que se desprende del señalamiento
de Meriggi y Rossi exige, como punto de partida,
caracterizar la evolución
de los comportamientos empresariales observados
para poder apreciar en qué forma los
empresarios procesan, a lo largo de un periodo
determinado, los condicionamientos emanados
de las instituciones
involucradas en sus relaciones, y también
los cambios que se registran en ellas. Bajo
esta óptica, y merece insistirse
en ello, las instituciones no aparecen yuxtapuestas
al comportamiento de los empresarios, como
si en algún momento previo las
mencionadas pudieran existir en un ámbito
ajeno al de las relaciones sociales; por el
contrario, es a través del comportamiento
empresarial que las instituciones revelan su
historicidad en este ámbito
particular de los procesos sociales.
Paradójicamente, en el reporte de Meriggi y Rossi al que
se ha hecho referencia, la influencia de las instituciones sobre
ciertos comportamientos empresariales se concibe en términos
de un contexto; en particular, dichos autores comparan rasgos de
lo que ellos llaman ambientes institucionales de Italia y Estados
Unidos, y comentan sus efectos en las prácticas de dirección
de las empresas y el diseño de sus estrategias. No obstante
esta perspectiva, que a mi juicio resulta contradictoria con la
orientación precedente planteada por los mismos autores,
aquí interesa identificar los ámbitos institucionales
que Meriggi y Rossi consideran en su análisis, pues aquéllos
son retomados más adelante.
Para Meriggi y Rossi (s/a), los ámbitos institucionales
relevantes en las prácticas de dirección de las empresas
y el diseño de sus estrategias son los siguientes: el papel
del gobierno, el mercado financiero, el sistema educativo, la cultura,
y el sistema legal.
Respecto del papel del gobierno, la atención se centra en
valorar su grado de intervención mediante políticas
de fomento industrial y, en particular, si dichas políticas
estimulan la adaptación de las empresas. En relación
con el mercado financiero se identifica su dimensión, el
grado de liquidez de los instrumentos que ofrece y el control que
estos ejercen sobre el funcionamiento de las empresas. En cuanto
al sistema educativo se considera su grado de centralización
y homogeneidad, así como si promueve el ascenso por logro
de méritos y si está orientado a la colocación
en el mercado de trabajo. La consideración de los aspectos
culturales se restringe a si estos fomentan la iniciativa individual.
Finalmente, del sistema legal solo se toman en cuenta las disposiciones
en torno a las situaciones de quiebra de la empresa.
La discusión sostenida en esta sección plantea, entre
otros, el problema de diseñar métodos para estudiar
la dimensión institucional del comportamiento empresarial,
coherentes con la perspectiva de estudiar las instituciones no
como un contexto sino como las reglas, normas, concepciones o significados,
involucrados en el comportamiento observable de los empresarios.
Con la finalidad de ilustrar una forma de encarar este problema,
enseguida se presenta un esquema o guía de observación
que recupera los siguientes elementos: primero, la concepción
de Scott (2001) acerca de las instituciones; segundo, los ámbitos
institucionales propuestos por Meriggi y Rossi (s/a), y el señalamiento
de estos últimos respecto de que el comportamiento observable
de los empresarios revela los rasgos de su dimensión institucional.

En las filas de la tabla anterior se identifican ámbitos
donde se manifiestan acciones observables relacionadas con el propósito
de establecer nuevas empresas. Estos ámbitos son similares
a las definiciones y generalizaciones empíricas expuestas
por Aldrich (2005: 459), relacionadas con la investigación
sobre la creación de empresas.
A su vez, el desglose de la dimensión institucional que aparece en las
columnas recupera los elementos considerados en la propuesta de Meriggi y Rossi
delimitados a aspectos específicos que expresan reglas, normas y concepciones
o significados; de manera que la influencia de las instituciones en el proceso
de creación de empresas exige considerar la forma en que aquellas se
manifiestan en el comportamiento de los empresarios. Debe subrayarse, además,
que dicho comportamiento no se concibe como algo homogéneo; la delimitación
establecida en las filas de la Tabla 2 permite distinguir la influencia particular
de reglas, normas, concepciones y significados en diversas facetas del comportamiento
empresarial. Así lo revelan algunos resultados de indagaciones llevadas
a cabo por Morales (2007) con base en este esquema o guía de observación,
algunos de los cuales son similares a los expuestos en Aldrich (2005: 458 y
ss). En ambos casos destaca, por ejemplo, la importancia de los recursos propios
y la experiencia laboral previa en el establecimiento de nuevas empresas.
Respecto del primero, se hace referencia a los diversos condicionamientos que
resultan de los términos onerosos establecidos por instancias crediticias.
Respecto de la última, Aldrich menciona su contribución en tres
aspectos específicos: los vínculos dentro y fuera de las organizaciones;
el hecho de que la nueva empresa normalmente está relacionada con el
giro o actividad previa; y por último la experiencia en términos
de prácticas, valores, vocabularios e identidades que se adaptan al
nuevo entorno representado por la empresa (Aldrich 2005: 459).
No es el propósito de este artículo presentar con detalle los
resultados emanados de la aplicación de la guía de observación
propuesta en la Tabla 2. Es evidente que la discusión sobre esta información
dará lugar a nuevas adecuaciones del instrumento. La presentación
de éste solo pretende ilustrar una forma de aproximarse al estudio de
la dimensión institucional del comportamiento empresarial que busca
ser coherente con la argumentación sostenida en esta segunda sección
del artículo.
COMENTARIOS FINALES
El análisis institucional del comportamiento empresarial
forma parte de una larga tradición en las ciencias sociales
que es necesario recuperar en el debate latinoamericano en torno
al desarrollo local. Las políticas de fomento económico
asociadas a éste no pueden omitir la valoración de
la especificidad histórica de las instituciones. Dicha valoración
exige un uso acotado, temporal y espacial,
de conceptos tales como sistema productivo
territorial, medio innovador, distrito
industrial,
y sistema agroalimentario localizado,
todos ellos de uso frecuente en los estudios
en torno al desarrollo local.
El análisis institucional del comportamiento empresarial
también exige valorar la mutua relación que se establece
entre las instituciones y el comportamiento de los empresarios.
Documentar esta relación requiere concebir las instituciones
como parte inherente de las relaciones sociales, no como un componente
yuxtapuesto a éstas. Por ello
se propone estudiar las instituciones
no como un contexto sino teniendo en
cuenta las reglas, normas, concepciones
o significados que se revelan en el comportamiento
observable de los empresarios.
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